domingo, 12 de agosto de 2012

TORIMBIA, COLÓN, Y JERSUSALEM

 Recuerdo siempre a Fernando Paz (por esta y por otras razones) decir: "Bendita la pereza humana que mantiene vírgenes aquellos lugares a los que se accede con esfuerzo, por pequeño que este sea". Lo decía porque, en Almería, en el cabo de Gata, más allá de la Playa de los Genoveses, había unas pequeñas calas deliciosas y vacías, a las que había que llegar caminando por la piedra. Así es Torimbia. Oí hablar por primera vez de Torimbia aquella noche de hace veintidós años en que Carlos Suárez, Jaime Martínez, y yo, hicimos por primera vez ochenta kilómetros en bici, desde Oviedo y bajo la lluvia, hasta una aldea llamada Corao, en la falda de Covadonga, en donde, por fiestas, untaban a un cerdo de algo resbaladizo, una grasa, y los jóvenes jugaban a hacerse hombres cogiendo al pobre gocho alzándolo, aunque fuera por las orejas. Aquella noche, en la que también por primera vez, al menos yo, dormí en un hórreo, oí hablar de Torimbia. ¡¡Y qué grandes se hacen los mitos con el tiempo!!
 
 A Torimbia se accede a pie, por una carretera que sube y sube, y que una vez arriba te lleva por una pista y un camino que baja y baja. Dentro, un sueño, inenarrable. La libertad del agua y el correr de nuevo por la playa a buen ritmo. Mis primeros ocho kilómetros de cara al nuevo reto de una media maratón en Valencia, espero que aderezada de paellas y horchatas, tan apasionantes como el correr. Después de Torimbia, caminar y caminar por bosques de Eucalipto hasta un lugar extraño, la Playa de San Antolín, donde se juntan tres injuntables: una autovía, una playa, y el Camino de Santiago. Si tuviera que nombrar a esta esquina de alguna manera, la llamaría Jerusalem. Después de tontear con una senda verde que suponíamos más bella que el Camino, volvimos al redil en Naves, ya apremiados por una gran final olímpica: Estados Unidos - España, en baloncesto. Nos preparamos con una Fabada astronómica "seda sobre el dorso del diente, terciopelo en el paladar", y con mucha sidra. España tuteó a Estados Unidos, hizó soñar. Fue un partido memorable, aunque nunca España transmitió la victoria. No venció porque todavía hay un inmensidad entre la cultura precolombina (vamos a establecer 1492 en el año que Fernando Martín se fue a Portland) y la suposición de un "descubrimiento de América" (un español con el anillo, más de seis en diferentes equipos de la NBA). Salimos de Naves sin otra idea que la de caminar la tarde suavizada por el cielo. Y sin quererlo, poco después, en Piñeres de Pría, nos asaltó un albergue que nos señaló la iglesia junto a la que dormiríamos, un albergue como los del año pasado, un Babel de italianos, alemanes, americanos y españoles,y un bar de ensaladas y porrones de cerveza, donde gozaríamos.


 Y si digo dormir lo digo por decir, porque la segunda noche fue jacobea, en su sentido pleno. Calor y frío, y unos mosquitos que te pican en las palmas, como queriendo demostrarte su origen fantástico. No pegamos ojo.

   Me acosté pensando en la pereza humana, y dejé esta foto, una playa cerca de Torimbia, también en Niembro, a la que se accede en coche y con aparcamiento en la playa; un hormiguero de perezosos, un cementerio para la imaginación y el alma viva.

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