jueves, 20 de diciembre de 2012

EL ELIXIR DE LA ETERNA JUVENTUD

 No me canso de insistir en mi fortuna; la de desayunar de vez en vez con Javier Ibañez. A veces, cuando las cosas parecen ya conocidas, te sorprenden rincones desconocidos. Es como viajar, recuperar la mirada del niño en las cosas cotidianas. ¡Hoy me reveló el secreto de la eterna juventud! “En la intensidad incorruptible de la mirada sobre todas las cosas, me atrevería a decir que está el elixir de la eterna juventud”. Cuánta verdad. No me canso de decirle a los pacientes que el cuerpo está hecho para moverse, que nuestro cuerpo está hecho para la edad de piedra, para cazar, buscar comida y huir. Pero Javier añadió algo más; la superviviencia es esfuerzo, y ese esfuerzo es el que obliga a la intensidad en la mirada.
 Esa intensidad, en nuestra sociedad “del bienestar”, levanta suspicacias, hilaridad, desprecios, rechazos, y, en cierta medida, también pasiones. “Pero me atrevo a decir”, decía Javier “que esconde una verdad humana”. El movimiento, el viaje como metáfora primera de Uliseses y Eneases, puede ser como la mirada del maestro de Stanislawsky, inmóvil en el exterior, pero infinitamente intensa en el interior. Viajar, moverse, está, a veces, en el misterio silencioso y quieto del pensamiento o de la emoción. Hace unos días hice este boceto que aquí reproduzco. Un paso, una dirección, necesitan la pausa que los dirija. En la mirada y en la postura del modelo me parece ver deambular a Ulises.

sábado, 1 de septiembre de 2012

de SANTIAGO A CASA

 Dice Jaime Buhigas con énfasis que lo importante del Camino es volver. Lo dice cómo metáfora. Pero, como siempre, la metáfora no aparece de la nada, sino es literal, histórica. Las peregrinaciones originales (las medievales) eran, lógicamente, de ida y vuelta. ¿Cómo si no? Así que después de los homenajes en O curro do Parra y en Acio, donde la cocina creativa y los materiales gallegos se dan la mano, volvimos a casa. Desde la estación de autobuses volvimos andando, tratando de recrear, en parte la metáfora, la historia; una verdad. Nada como caminar hacia Atocha a pie, nada como atravesar la Plaza de Carlos V, el Prado, Neptuno (donde el Atleti acabaría la noche celebrando su supercopa; de Europa), Cibeles, a pie, lentamente, sin prisa, camino a casa. Nada como abrir la puerta con la mochila cargada, ya no sólo de lo imprescindible, sino de habitas verdes gallegas, habitas blancas frescas, y el pan de los panes gallegos. Así termina siempre la historia, con el sonido de la puerta, y el golpe detrás de uno, como un códice que se cierra, aguardando ser abierto de nuevo para volver a activar la imaginación.

viernes, 31 de agosto de 2012

SANTIAGO

  Salimos temprano hacia Santiago. Aún cubiertos por el último bosque es cuando uno se encuentra con su realidad más íntima. El camino, todo el Camino, queda en la memoria conviviendo de forma parecida al Aleph; todos los tiempos y todos los espacios al mismo tiempo. Mientras uno se acerca de nuevo a la Plaza del Obradoiro, temeroso quizá de que las emociones le asalten, es cuando el camino se recrea como metáfora; no de un viaje ni de un destino, sino de una forma de hacer las cosas. Recuerdo de nuevo a Alfonso Vizán y a su "lo importante no es hacer cumbre, lo importante es "cómo" hacer cumbre". Es ese "Cómo" el que el camino te devuelve como metáfora, el que se muestra en la memoria íntima como un regalo; visible al fin. Ese "cómo" es, casi, una cuestión filosófica. Decía Foucault que la filosofía del siglo XX debía cambiar las preguntas; de la ontología del "qué", al funcionamiento del "Cómo". En ese "cómo" íntimo transcurren los últimos pasos. Es en él en el que uno se ve decidiendo cada uno de los pasos, cada una de las pausas, cada uno de los rumbos. Es ese "cómo" al fin, el que ha dado forma a esa criatura quimérica, hecha de muchas criaturas diferentes, que queda en nosotros; es ese cómo el que configura la imagen final que en la memoria queda de esa serpiente que llamamos Camino. Es ese "cómo" un demiurgo; la mano que esculpe el devenir.
 Y así, casi como de repente, Santiago, la Catedral, la plaza del Obradorio. Me pregunto si Santiago es punto de llegada o punto de partida, y con la inquietud que es enseña del carácter enseguida abandonamos la plaza. No quedarse nunca, llegar para salir. Un destino es un comienzo siempre. "Cuando algo ya lo sabes hacer, deja de hacerlo". Entonces me acuerdo de un fotógrafo chino de la Magnum, del que afortunadamente no recuerdo el nombre, que decía que en la tradición china, los artistas, una vez alcanzada la fama, se cambiaban el nombre. Lo hacían para demostrarse a sí mismos que seguían siendo buenos. Y si me acuerdo es porque uno de los paisajes de Santiago es el de los peregrinos por todos lados. Paseamos una victoria; una fama efímera. Con nuestra marca; rostro, ropaje, y andares. Esa marca es casi una seña de indentidad, de grupo, pero es también la imagen paseada de un orgullo. La pertenenecia y el orgullo paseada de forma visible, y, pienso, de alguna forma sin pudor. Así que a Geste se le ocurre una idea genial; ir a una tienda de segunda mano, en la que están liquidando, y cambiarnos de imagen.


Abandonar la familia, la protección, y el orgullo. Pasear por Santiago nuestra victoria íntima sin que nadie la reconozca, sin que nadie nos reconozca. Dejar al corazón, únicamente la difícil tarea de decidir si somos, en realidad, de verdad, peregrinos.   

jueves, 30 de agosto de 2012

LEIRO - SIGÜEIRO

 Si buscara naturaleza en el Camino inglés, me quedaría con la belleza del tramo de Leiro a Bruma. Si buscara esfuerzo, deporte, cuestas en las que demostrarme a mi mismo los poderes propios, también. Si buscara un encuentro, ese sería también el de esta divertidísima familia de Chicago, a los que adelantamos llegando a Bruma, donde compartimos una breve conversación, una galletas y un intercambio de regalos. Esas cosas las da el Camino, y son parte de la mitología santiaguera, aunque también lo son en lo cotidiano. En Foz perdí mi botella de agua sin BPAs, antitóxica. Quizá la dejé en casa de Marifé, olvidada. Qué importa. Me di cuenta en Burela, porque no hacía día de beber mucho. Todos en la familia de Chicago llevaban botellas BPA free. Les comenté que había perdido la mía, y ahí se quedó. Pero, aunque habían decidido quedarse en Bruma, en una pausa unos seis kilómetros después los volvimos a ver. Catherine, la hija, me regaló su botella, que aquí estreno.



 Como en la canción de Drexler "cada uno da, lo que recibe, luego recibe lo que da..." Yo le entregué al camino mi botella, Catherine me la devolvió, tranformada. Les invitamos a café y les propusimos el juego de las gafas y los gorros, que aceptaron de forma relajada; disfrutándolo. Esto fue lo que pasó.




Justo antes de abandonar Santiago los volvimos a ver, cuando ellos llegaban. Estos son los encuentros que engrandecen el camino.

 Desde entonces, caminar no entrañaba misterios, ni sorpresas, pensaba sobre la fotografía y la literatura, temas recurrentes que parecen ir clarificándose con el tiempo. Desde los tiempos del ideal según la lectura de Schopenhauer y de la visión del XIX, hasta el oficio, la habilidad, el talento, pasando por mi mirada preferida; la del marco.



La fotografía y la literatura no son para mi, ya, artes, exponibles, sino marcos que te permiten mirar el mundo, ordenarlo, desordenarlo, que te permiten vivir tu imaginación, transformar la realidad; jugar, sublimar, o reducir al absurdo. Son herramientas de construcción cuyo único objetivo es labrar, no cuadros ni fotos ni textos, sino esa materia dura y corrosiva que es el tiempo finito de nuestros días. Las herramientas de lo cotidiano. Si este blog y muchas de estas imágenes son algo, son eso. El resultado; la experiencia propia de un Camino como cualquier otro, dispuesto a quedar para siempre en la memoria, preparado para ser revivido, preparado para ser compartido.


 Santiago, a veinte kilómetros.

miércoles, 29 de agosto de 2012

MINHO - LEIRO. El imposible de Bruma.



 Betanzos debió ser el centro de muchas cosas. Supo, como en esta imagen, levantar catedrales desde el esfuerzo de lo pequeño. El juego de la escala es definitivo; la iglesia está limpia para ser vista. No está así porque así fuera, sino por la labor empequeñecida del mudo; del invisible, el que hizo Chartres y levantó pirámides.






  Y en estos devenires, en estos descubrimientos, en los que uno descubre momentos íntimos, a veces, el juego es doble; descubre y es descubierto. Navegar en ese mar es también un Arte.





Vaya por delante que nuestra intención era llegar a Bruma, y que nos faltaron esos 14 kilómetros. Mi pie dijo hasta aquí. En esta parte, casi ausentes los peregrinos y casi las gentes, siendo el paisaje conocido, conviene hablar de dos conceptos básicos; la intensidad, y el ritmo. Creo que el primero deviene del carácter individual, pero es el que marca los hitos de cualquier acontecer. Incluso para el silencio hace falta intensidad. La naturaleza, en su orden, en su desorden, en su belleza, pero también en su amenaza o en su misterio, proyecta intensidad. Las gentes, esas criaturitas que adoramos, también. Hasta en su estupidez pueden darnos intensidad. Digamos que podríamos encontrar una fórmula mediante la cuál busquemos la intensidad, sea esta del signo que sea. Como un valor absoluto, una cifra entre corchetes. Estar preparado para percibirlo; ese es el Camino. O quizá no, quizá esa intensidad esconda una trampa. Quién sabe. En todo caso, de esa intensidad deviene el ritmo; y esto es imprescindible para caminar. El ritmo es un orden que no sabría explicar. Y no me refiero al ritmo de la marcha sino al del día; a la relación entre caminar y no caminar, entre ir y quedarse. Sin él, caminar es una actividad pesada. Con él, es fácil. Cuando pasa el Camino, uno piensa que quizá se hubiera querido detener más, charlar más o menos con tal o cuál otro, haber salido antes, o después, haber caminado menos. Pero en el día esa es la búsqueda; el orden perfecto, el equilibrio entre los deseos de nido, de hogar, y los deseos de mundo. Un equilibrio imperfecto en el que nos tambaleamos a tientas, como aficionados. Un equilibrio superior a nosotros mismos y a nuestra voluntad. Como el de esta imagen, donde todo parece ocupar su sitio, y esperar su momento.
 


martes, 28 de agosto de 2012

EL GALLO DE LA MAÑANA

 Como Ulises en la cena de los feacios, empezaré a "media res". Harto ya de intentar actualizar los días anteriores, hoy escribiré sobre hoy, desde Minho, después de una etapa sin grandes misterios, sin grandes bellezas, sin grandes ocurrires. Pero eso es un decir, porque hoy el Gallo de la mañana llegó tarde a su cita con el día. Hoy salimos temprano, como no suele ocurrir, quizá porque la ría ya declinaba o volvía a casa, alta y harta de madrugada. Y esa luz que la alumbra y que hace al humo ser claro, quizá entró por la ventana antes que el ruido mañanero del peregrino. Y en el stress matutino de una mujer que corriendo va a las "Caminatas", donde la fé de los lunes la lleva a pie a la Iglesia para rezar rápidamente una oración antes del mercado y antes de irse con prisa a prepararlo todo, cabría todo lo que cabe antes del primer café del día, sin que aún hubiera cantado el gallo la mañana. Por no contar no hablaré de mis dolores en el tibial derecho, porque hablar es hacer vivir, dar cuerpo. Así que paso a paso, nunca mejor dicho, porque en cada paso caben todos los pasos, atravesaba yo la mañana sin extrañarme, quizá por desatención o imprudencia, de que aún no había cantado el gallo de la mañana. De los pequeños senderos me sorprendieron atosigantes los anises, como esa larga fila doble de aficionados en las subidas del Tourmalet, encima de nosotros, como héroes de toures que ya no encuentran dueños y si una larga fila de desposeídos en la que para mi alegría ya esta Lance Armstrong. Es el sino de Rilke; siempre la pérdida. Y en una de esa hileras, entre alguna de aquellas casas desperdigadas de aldeas nombradas como todo lo gallego; cada piedra con su nombre, cada monte, cada pico, cada agua, cada gota. De eso ya hablé hace tiempo, pero es que al Anima Mundi está en cada cosa y en cada nombre. Digo que entre aquellas casas escuché por fin al gallo de la mañana, tarde a su cita con el día. Pero es que, me digo, a veces cuando canta el gallo va tarde el día y no es el gallo. Así que subo y bajo las góndolas del perfil hasta que se me abre la Playa de la Magdalena. Y allí me sienta el pie a refrescarse en la arena, sentado a la sombra del chiringo de chiringos; en ese momento comprendo por fin que Borges dijera: un valle son todos los valles. Hablaba de la infinitud de este descanso, como el paraíso de los paraísos; hablaba del concepto y no del nombre, hablaba de la eternidad fragmentaria del ahora. Todo provocado por la llegada tardía del día al canto del gallo de la mañana. Metáfora de uno mismo en un día que no era ni gris ni día. La perfección del caminar en la cojera de los malditos. Pienso en Tiresias; ciego y visionario. Así "escalamos" Puentedeume, con la pena de abandonarlo. Y perdidos entre pinares llegamos a Minho, aún confundidos por el tiempo, aún extrañados de que aquel gallo o este día llegaran tarde, aún sin saber si fue la cojera o el espacio alargado o el tiempo comprimido, el que marchita algunos días, sin que por ellos pase nada, sin que apenas el alba coincida con ese canto maravilloso del gallo, que sólo cuando falta es, y siendo falta.

lunes, 27 de agosto de 2012

EL CAMINO INGLÉS



  Dicen, cuentan, que mucho antes de esto que llaman las "grandes peregrinaciones"; esas que empezaron verdaderamente en el 93, como una creación múltiple de un "muchos" que va dando ya sus frutos de la forma en la que les gustan las cosas a los cristianos; por cantidad. A la cristiandad, oficial, vaya esto por delante, le interesa el número de feligreses mucho más que la intensidad o la calidad de sus obras o de su fé, la doctrina más que la palabra, y, en este caso, más el número de peregrinos que las motivaciones de estos. Digo 93, porque es el primer jacobeo multitudinario, y porque cuando Jaime y yo pasamos por Foncebadón en el 90 allí no había ninguno de los cuatro albergues y restaurantes que hay hoy. No había nada ni nadie. Porque cuando Pla empezó a investigar sobre el Camino y preguntó a aquella señora de Dios si por allí pasaban muchos peregrinos, aquella mujer le dijo que sí, que el año anterior había pasado otro. Era el año 53. Lo digo de memoria y sin fé en mi mismo. Pues eso, mucho antes, poquito después de que Carlomagno iniciara el viaje a Santiago, este camino, el Camino inglés, era tomado por los isleños y los escandinavos y los navegantes para llegar a Santiago.  Hoy es un Camino casi abandonado, el patito feo de los Caminos. Apenas tiene albergues, pocos sitios donde hacer pausas y refrescarse, y mala prensa. En definitiva, pocos peregrinos. Sale de Ferrol o de Coruña, según el gusto. Para nosotros, la mañana la ocupó la búsqueda de una feria de empanadas en Catabois, que suponíamos gratuita. Era una cata de diferentes versiones de empanadas de manzana y bacalao. Y nos sirvió, junto con un mencía de la Ribera Sacra, de mucho más que comida. Estábamos perezosos, así que, como nos había dicho Julio, nos cogimos un barco para pasear por la ría de Ferrol, y así ver los Castillos y las playas, y San Miguel, y Mugardos. Hacía muchísimo calor, así que supusimos que el viento nos refrescaría, y una vez terminada la vuelta, ya se habría ido. Todo mentira. Salimos más allá de las seis, como nos gusta a nosotros. Pepito, ya sabes, caminar todo el día, hasta la última luz de la tarde. Rodeamos la ría, por sitios que apestaban al lodo cianágoso de la ría.


Pasamos por playas de ciudad, por puentes de ría, y por pequeños senderos cortos soñando con alejarnos de Ferrol mientras los ferrolenses parecían buscar tesoros bajo la arena.




Una pareja nos esperó para guiarnos, otra caminó con nosotros para enseñarnos el camino. Teníamos, hoy, un dolor de pies increíble. A punto de llegar paramos. Frente a una ría casi sin agua que apuraba una luz suave.


En el albergue, un sevillano de esos que hacen el camino como profesión, hablaba a voz en grito por teléfono en la habitación. Allí estaban nuestros italianos de la mañana, Marco y Roberta, caminantes piano piano. Estábamos de nuevo en el curso de esas flechas amarillas que aparecen por todas partes.