domingo, 8 de mayo de 2016

Vana gloria (el día después de la Transvulcania).

 Me revuelvo la pereza del día después y decido bajar al puerto a última hora de la tarde. No encontraré ninguno de los maravillosos atardeceres de la costa oeste de la Palma, ni actividad, ni sol, ni otra cosa que el ambiente de un día de lluvia, pero quiero bajar al puerto. Bajo trotando y animoso. El gris es como una escala de Jakob, con infinitos peldaños. Y estos días son el traje perfecto para recordar la poesía alemana del XIX. Con la calma humana resuena más fuerte la naturaleza, y en ese continuo de grises aparece ese "unheimlich" que tantas maravillosas imágenes le dio a Eichendorf. Pero yo no bajo buscando a Eichendorf y mucho menos una escala de Jakob que me lleve a Dios. Busco sólo una playa tranquila a última hora de la tarde...
 Y entonces me lo encuentro; un podium abandonado, en una esquina, con restos de basura, unas cintas que recuerdan de qué fue, y unos carteles tirados por el suelo. Es la memoria, creo, la que lo abandona, lo desterra la immediatez, es la idolatría la que lo quema. Porque son nuestras formas de pensar las que crean los espacios, las que crean ídolos, las que crean mitos. Un podium es un espacio sagrado, porque es un pedestal. Y un pedestal es el lugar en el que se dignifican los dioses y las cosas; pero estos dioses son de muy distinta índole, y los hay hasta para proteger todas las actividades diarias. En este juego existe un diálogo múltiple; el pedestado protege, el que sube al pedestal "cuida" al pedestado. Y así se mantiene el equilibrio. Luego ese pedestal es un espacio de dignificación, pero no de idolatría. Cuánto nos estamos equivocando. Abandonamos los espacios sagrados y los usamos corrompidos por el presente para una idolatría desmemoriada. Sólo nos sirven para la foto. Los espacios no existen, sólo existen las proyecciones virtuales de esos espacios. Hoy, la red. Nuestros ídolos están en su mayor parte atrapados en esa red, como Marte y Venus, para exposición pública. Y como ellos, serán castigados con dureza, no por los olímpicos, sino por un arma aún más afilada: por la desmemoria. Porque en esta locomotora desenfrenada, como le gustaba llamarla a Benjamin, hemos perdido en gran parte los carriles verdaderos. Incluso el cristianismo prohibió durante mucho tiempo la idolatría, con el fin de buscar a Dios en el corazón, hasta que descubrieron el inmenso poder de la publicidad, afición a la que se inclinó incluso Gonzalo de Berceo, de una forma que hoy nos parece ingenua. Pero cuánto tenemos que cambiar nuestro modo de pensar si queremos un mundo sin tanta frustración, sin tanto prozac, sin tanta exclusión. Esta mañana Ana Dora nos contaba cómo, después de encontrar cuatro pollitos en un contenedor, metidos en una bolsa cerrada, casi asfixiados, pudo sacar a dos y salvarlos, y cómo, uno de ellos,ya gallina, más adelante, envenenada por alguno de los químicos que deben echarle al plátano, apareció moribunda. La cogió, la metió en casa, le dió leche con una jeringuilla, le hizo tomar potasio, magnesio, le movilizó el tórax rígido, le abrió las alas... y aunque durante días y semanas no reaccionó, siguió haciéndole ejercicios y ungüentos estomacales sólo por el hecho de que aún respiraba, aún siendo incapaz de mantenerse de pie. Un día, sin embargo, la gallina se mantuvo en pie, y sobrevivió a tal punto que, hace unos días, tuvo pollitos. En mi pedestal no sé si poner a la gallina, como hizo ella, o a Ana Dora misma. Pondré dos,o a las dos, para no equivocarme. Para que no pierdan su sitio como ese podium nimio y abandonado en la esquina inferior izquierda de esta foto, llena de la inmensidad y no contaminada por la vana gloria.


Aún me pregunto demasiadas cosas sobre la Transvulcania. Existe, en estos grandes acontecimientos, la misma dialéctica que se produce en “el campo”. La isla bonita es, para unos, el mito de lo natural, para otros, un clima perfecto, pero para los habitantes verdaderos de la Palma, los palmeros, es completamente otra cosa. Bares con hombres apostados a las puertas, un índice de población en paro altísimo, crudeza con lo animal (no quiero reproducir aquí las pequeñas historias que he oído sobre trato de podencos, de caballos, ni sobre el general abandono de los animales una vez que las condiciones económicas menguan). Ambas posturas son comprensibles y no difieren en absoluto de las que por toda la península se dan de forma habitual. Aquí una estructura primitiva, con los hombre apostados a las puertas de los bares, una cultura alimentaria “visiblemente” insalubre, y esa combinación del abandono con lo salvaje. Sin embargo, nobleza. Es la misma combinación que tiene la transvulcania. Esa parte maravillosa, en la que se combina el reto con lo natural, y esa masiva espectacularización de las cosas, en la que a más videntes más beneficios publicitarios. Muchos de nuestros males vienen por la idea de la competición, en cada rincón de nuestra vida diaria. Sin embargo una cierta idea competitiva es positiva, estimulante, deseable. Ay, Horacio, siempre con tu “mediocritas aurea” sobre nuestras cabezas. El equilibrio es difícil, porque ¿quién puede sostener el evento sin ayuda de los sponsors? ¿Cómo, aún así, pueden ser los premios tan insignificantes para la talla de los corredores?  Sin duda, no sobra el soporte.  Sin embargo, una vez superada la línea de lo sostenible empiezan las preguntas incómodas. La cantidad de corredores ha sido tal, que el evento activa “una” economía palmera, sin duda, pero ¿es al menos debatible el impacto ambiental? Sabemos que la movilización masiva es primitiva; lo vemos en el fútbol.  Está basada en dos aspectos: la cantidad y el volumen. La cantidad crea la masa, la idea de Herder de la pertenencia ampliada. La idea de grupo, la protección. El volumen activa esa masa, la enloquece. ¿Pero tiene eso algo que ver con nuestra idea inicial, con las motivaciones profundas que nos hacen deambular por la montaña? ¿Con el silencio y la soledad que de verdad nos mueven cuando uno contra uno o uno con el otro nos movemos por estos maravillosos lugares, cuando dialogamos con el viento, con la lluvia, con el calor o con el frío, con la ceguera de las nubes o con la ceguera que produce el sol de frente? Ahora me siento a escribir frente a un inmenso platanal. Y hay calma, una gran calma. Una maravillosa calma. La vestimenta del gran grupo es lo que ya Wyoming llama “ir vestido de zafarrancho” ¿hace falta eso para correr, y más aún, para correr por “el monte”? De la Transvulcania me queda la emoción propia de haber podido correr dos carreras en tres días, con cierta intensidad, doce meses después de destrozarme el pie bajando de Peña Cenicientos como un animal. Doce meses casi sin poder correr. Eso es lo que más me alegra, el pie está casi bien, ahora podré correr de nuevo. Me quedan también la imagen de Luis, roto, llegando a meta, de Sage, la alegría de Zaid, las lágrimas de la francesa, la hermandad en carrera, el mar de nubes casi llegando al Pirigoyo, el amanecer en el faro, Marija madrugando para acercarme a los llanos. Pero me sobran decibelios, me sobran el exceso del material, otra camiseta para acumular sobre las anteriores, más polyester inútil, y otras pequeñas cosas, más mías. Pero estamos hablando, a pesar de todo, de un acontecimiento pequeño, no comparable con ninguno de los grandes eventos deportivos (o no deportivos) con los que convivimos habitualmente. No pretendo comparar la transvucania con ellos, ni demonizarla en absoluto. Una de las series de fotos que espero exponer pronto se llama “pensar las cosas”, sólo eso pretendo; pensar las cosas. Que la sorpresa no nos pille demasiado tarde.  Mi experiencia en la TRV es positiva, en cuanto a organización y respeto. Pero tengo ganas de volver a subir yo solo por aquellos senderos, de volver a escuchar como en los días previos, cómo se mueven los lagartos entre las hojas a mi paso, oír de nuevo ladrar a los perros, al mar otra vez por encima de los micrófonos, quiero otra vez todo el viento contra mi, y el miedo de las alturas cuando no estás acompañado, quiero pararme de nuevo arriba en la torre del Time a hablar con Antonio y perderme de nuevo entre las chumberas. Quiero llegar al mar desde arriba y ser el cuadro de Friedrich. Esa pequeñez de lo individual frente a la grande, inmensa naturaleza. Como en las horas interminables de la ría bajo la araña de Bourgois, a la que Cremades le descubrió un nombre: Águeda. Ese nombre me recuerda el tamaño de las cosas frente a nuestra insignificancia. Pero al mismo tiempo, quiero volver a correr la transvulcania, ya, de nuevo. Quién sabe.

domingo, 12 de octubre de 2014

MARATÓN DE BERLIN. 28/09/2014




 Quizá la primera impresión que uno se lleva cuando termina su primera Maratón es que lo ha conseguido. Como si diera igual el qué por el sólo hecho de cruzar la meta. Hay algo en los últimos kilómetros que llama a la liberación de esa criatura que te inunda cuando llevas ya mas de treinta veces un kilómetro. Es una criatura que se te sube a la espalda y simplemente te grita en el alma que dejes de correr. Esta lucha contra el monstruo, al que llevas colgado como un peso muerto, se espanta cuando cruzas la línea maldita. La línea que rompe la maldición, sería mejor llamarla. Si has bajado de tres horas es aún mas liberador, porque esa extraña línea que crea la imaginación humana parece haberse convertido en una línea natural, como atravesar un mar, subir una montaña, saltar un precipicio... Pero claro, una vez que las pulsaciones bajan, queda una también extraña memoria de las cosas, que permite revivirlas (en la medida de lo posible) y repensarlas, para intentar comprender qué nos da, verdaderamente, la experiencia maratoniana. Porque si no hay otra cosa que esa línea temporal, estamos perdidos; no hay nada, al fín, sólo un vacío. En el fondo, aunque a veces el mundo nos confunda hasta el punto de que llegamos a creer algo así, no corremos por una marca, sino que buscamos experimentar un límite. "La experiencia del límite", como describían los poetas desde mitad del XIX. Vaya por delante que aquí cometo una falacia, porque en ese umbral, la experiencia es muy presente, y la memoria solo la revive trampeándola, cometiendo engaño. Arranqué con una cierta tristeza en la salida. Sabía que la tendinopatía de los ultimos tres meses, y sobre todo de las dos últimas semanas, en las que había dejado totalmente de correr, estaba viva, y no era un rival fácil. Estaba claro que me acompañaría hasta dondequiera que llegara. Sabía que el tendón estaba dañado, y que el dolor me podría hacer parar, probablemente temprano: me dió pena ya en el primer kilómetro al pasar bajo la "Sieger" del Tiergarten, porque la molestia me decía que no llegaría lejos, y esa emoción de los gritos iniciales del público, esa sensación de estar corriendo algo especial, esas primeras lágrimas que uno contiene por decoro, quedarían en una memoria incompleta de una carrera truncada. En el kilómetro dos estaba seguro de que abandonaría, pero en el tres la molestia empezó a mejorar y sólo una molestia en los talones, tan familiar que casi no consigo ni hacerla consciente, me acompañaría el resto del trayecto. A partir de ahí he de reconocer que la conciencia de las cosas fue muy plana, sabía que tenía que correr muy prudente si quería llegar y decidí correr a 4.15, cosa que me resultaba difícil, porque en cuanto perdía un poco la concentracion los pasos se acercaban mucho más a 4. A pesar de todo, ¡estaba en forma!. Iba fresquísimo, arropado por un público que nunca dejo de animar durante todo, y todo es todo, el trayecto. Quizá Berlín se vuelque en la Maratón por el día tan maravilloso de sol, o quizá en la conciencia colectiva la Maratón de Berlín signifique algo más desde aquellos días del 89. Pude darme cuenta de muy pocas cosas de la ciudad. Sólo al acercarme a "nuestro" barrio de Neuköln, donde sabía que me esperaban Getse, Maria, Heike y Pablo, levemente al pasar por Postdamer Platz, y en las referencias claras de Alexander Platz acercándonos a la puerta de Brademburgo. En el 27 iba aún fresquísimo y sorprendido, pero entonces las piernas empezaron a cargarse, no tanto por cansancio general, como por endurecimiento muscular. Sin embargo, a pesar de la progresiva dificultad, no me costaba seguir a 4.15. En el 33 empezó el dolor en el psoas y el bloqueo de la rodilla derecha, y ya me costaba dar los pasos. Habiendo pasado la media en 1.28.45 sabía que tenía margen para bajar de tres horas, pero no mucho. En el 34 ya empece a correr por encima de 4.20 y estaba decidido a entregarme, "tampoco era tan importante bajar de tres horas", cuando en el 38 volví a encontrar a mi Cla. Vi primero a Haike, que me sacó de una meditación interior de golpe, con un grito. Después María se sacó las lágrimas de la emoción que le estaba produciendo la carrera con una grito que parecía provenir del páncreas, de la médula misma de la pasión. Getse gritó "ya lo tienes", y eso lo cambió todo. Abandoné la pereza por un nuevo tramo de esfuerzo. Me agarré al "pace" de las tres horas y me mantuve en 4.10 hasta el 41, haciendo un esfuerzo más grande del que yo mismo podía imaginarme. Cuando pase por el 41 supe que de verdad ya lo tenía, y aún tuve fuerzas para correr por debajo de 4.05 este último kilómetro. Brademburgo quedó en una nebulosa a 177 pulsaciones por minuto. "¡2.59.45. Para las condiciones en las que estaba, super!". Pero, en qué se basa la capacidad de ir mas lejos, de ir más rápido, en qué se basa el"citius, altius, fortius",eso es lo importante. Las fuerzas están siempre ahí, pero de qué factores depende el que las uses o no, ese es el quid. En mi caso, sin los gritos del kilómetro 38, no hubiera bajado en ningún caso de tres horas. En ningún caso. Es como si ese pequeño logro fuera un logro común. Como si la extracción de las fuerzas fuera una labor de todos. Es por eso que comparto la foto. Ninguna otra lo merece más que esta, en la que estamos los cinco.
 Pero la memoria nos habla de muchas otras cosas. Berlín se lleva un diez. ¿Pero son estas fiestas del correr un mercado? Lo son: el precio es desorbitado, y hay por todos lados formas mercantilistas: las fotos; antes, después, durante, los recuerdos; camiseta, equipacion oficial, feria de los días antes... el correr se aleja de su espacio natural, es absorbido por una explotación monetaria, convertida en un recuerdo comprable y no en una experiencia interior. La contradicción alcanza también al trato de las estrellas. Kimetto baja de 2.03. Es para mi en este momento el mejor deportista del planeta. Se lleva 150000 euros, lo que gana Ronaldo en dos días. Vergonzoso. Pero más vergonzoso es aún el trato. Los periódicos le preguntan que qué va a hacer con el dinero, una pregunta inimaginable en el día a día de los alemanes, en una entrevista a Ronaldo, a Nadal, a Federer, pero Kimetto es keniata, hay que dictarle desde un "occidentopocentrismo" vomitivo cómo debe saludar, qué debe hacer, y nos debe agradecer esa propina con respecto a lo que factura la propia carrera, porque en el país de la miseria podrá comprar casa, y su familia podrá vivir bien. Lamentable. Se le infantiliza. Un atleta enorme manejado por un mundo que se cree más inteligente. Queda la imagen de la civilizacion y "el salvaje". Pero un tío capaz de correr en menos de 2.03 no es un salvaje; es un genio. Los que le entrevistan, los que le contratan, los que le managerizan, los que hablan de él en este sentido, en ningún caso le llegan a la altura del betún. En ningún caso. Pero la dignidad humana está lejos de ser respetada por el otro. Kimetto sirve a Berlin para prolongar su mito, para aumentar su resonancia, para aumentar sus ingresos, para publicitarse. Pero no hay nada en Kimetto que tenga para Berlín interés desde el punto de vista humano. Es, en el sentido de la sutileza del hoy, la forma en la que se prolonga un colonialismo racial y cultural que funciona esta vez en forma de red, y que en realidad obvia las dificultades de los que viven con Kimetto, pero no son susceptibles de ser rentables para el sistema.
 Para vomitar, sin haber contaminado suficiente el músculo con ácido láctico.

viernes, 17 de enero de 2014

LA NOCHE DE SAN ANTÓN. JAÉN, 16 DE ENERO.




 Acabo de correr una de las mejores carreras del mundo. La popular San Antón de Jaén. Me pregunto qué debe tener una carrera para ser “sentida”, “vivida”, como una de las mejores carreras del mundo.  Es difícil describirlo porque es difícil comprenderlo, y es difícil comprenderlo porque como todas las grandes cosas de este mundo, esta se ha hecho muy lentamente. La carrera se corrió por primera vez en el 84 y en estos 31 años los corredores han dibujado un circuito por el interior de la ciudad y los jieenenses han visto a sus vecinos y a sus amigos en forma volar cuesta arriba hacia el Escudero, o sufrir los excesos o las desventajas genéticas de sus otros vecinos en pos del mismo punto. Andalucía aglutina las ventajas y las desventajas del Gatopardo; un pasado glorioso, la generación de una degeneración de aquello en vacuolas de poderes individualizados, y un clima con muchos trucos. Un sitio para vivir y un sitio donde trabajar dignamente es hoy el privilegio de muy pocos. San Antón no representa la fiesta del olvido, sino una fiesta a la que parecen pertenecer todos esos mundos; una fiesta popular, en el que los logros dependen del esfuerzo propio y no del favor ajeno, y una fiesta al esfuerzo que posiblemente pertenezca, muy al contrario de lo que parece, a la idiosincracia andaluza. Pero además es una fiesta “propia”; como si los Dioses les permitieran por un instante, en esta fecha carnavalesca, poseer algo de forma verdadera. La festividad de San Antón en Jaén se remonta a los años de la reconquista, y son conocidos sus lumbres y sus melenchones, además del “hasta San Antón pascuas son”, que es como predicar una pascua atea, fuegos demoniacos, y vilancicos laicos. Hay algo en lo primero, en la fiesta popular, en lo que esta carrera se acerca al movimiento de la San Silvestre Vallecana, y hay algo en lo segundo, en lo histórico, en lo que Jaén se remonta a los ritos más profundamente paganos para enlazar con las vibraciones de la tierra. Nunca podremos saber exactamente cuáles son las razones verdaderas que llevan a que cuando uno llega al Escudero, atraviesa la Catedral, baja por el empedrado que lleva de nuevo hacia el gran Eje, o afronta esa última recta como en esas imágenes de los Pirineos del Tour, en fila de a uno y arropado por varias filas de gente que estrechan el paso, rodeado en todos los pasos por las antorchas, a pesar del frío de las manos al sostenerlas, uno sienta que está corriendo una de las mejores carreras del mundo, con esa sensación que sólo las grandes carreras (y en eso es ejemplar el maratón de Nueva York y quizá ninguna otra maratón o media maratón europea) poseen; que son héroes desde el primero al último. Un ejemplo de verdadera democratización del sentimiento.
 De mi experiencia como corredor, hay otras dos carreras que formarían la triada perfecta. La San Silvestre Vallecana, cuya historia, a pesar de haber sido desgraciadamente comercializada, surge de un sentimiento más analizable que el de San Antón. Es una fiesta a imagen de la de Sao Paulo que surge en el año 64 en plena depresión de un barrio que la dictadura había convertido en un foco de absoluta exclusión, y que es hoy el orgullo de los que vieron pasar en los primeros años a Mariano Haro victorioso, a Carlos Lopes, al mismo Jose Luis González que inauguró la San Antón, y a la mejor generación de fondistas españoles antes del abuso africano. Pero sobre todo, a cientos de miles de vallecanos y madrileños soñando cada 31 de Diciembre un año mejor.

 La otra es la Behobia San Sebastián.  En ella, aunque para mi gusto de un recorrido menos atractivo, se junta que la carrera llega ya casi al siglo, con un tradición por las carreras pedestres y competiciones tradicionales que les hace ser únicos en el mundo, con, posiblemente, un sentimiento muy fuerte de reivindicación de lo propio: correr es un ejercicio de libertad, y la libertad, en todas sus vertientes, está en la historia vasca, especialmente guipuzcoana, con la necesidad de ser uno mismo, en lo social, en lo político, y en lo individual. Desde el año 79 la Behobia ha sido la memoria de un pueblo, y cuando uno entra en Donosti y enfila frente a la Kursaal hacia la meta, está viviendo sus mejores momentos como deportista, vaya en el puesto que vaya, y vaya lo roto que vaya.
  Hoy, las carreras populares se han convertido en un mercado (San Antón es la excepción: gratis en 30 ediciones, 3 euros para esta edición, y sin feria) y en eventos masivos en los que se producen reivindicaciones individuales que la masa diluye y domestica. Pero detrás de todo eso, en algunas carreras como estas tres que menciono aquí, late una fuerza misteriosa que ensalza una de las actividades que considero más esencialmente humanas: correr. El movimiento, el esfuerzo, el destino, la búsqueda, la investigación de los límites y la sensación de libertad y presente que produce el correr no son emociones ingenuas a pesar de que una sociedad mercantil las haya intentado convertir en una actividad numerizable. Son parte esencial de la persona, parte esencial del ciudadano. ¡Viva San Antón!

viernes, 25 de octubre de 2013

TOMANDO BERLÍN

La fotografía es una criatura misteriosa que uno lleva en la sangre, y que nada tiene que ver con disparadores o sensores lumínicos. Aparece sólo cuando las condiciones son misteriosamente favorables, o cuando uno se ha desprendido de determinados pensamientos que le permiten ver; es como si para poder tomar fotografías uno pudiera comulgar lo que piensa (o cómo lo piensa) y lo que ve. Esta vez, al llegar a Berlin, tenía tres horas antes de coger el tren a Osanbrück. Pensaba leer en la estación, pero algo ocre (el otoño) me sacó fuera. Estaba cerca de la Reichstag y de Bradenburg Tor, así que salí, abandonando mi maleta de vez en vez, para hacer caso a los designios de la Olympus XZ 1, un tesorito como cualquier otro. Al llegar a la Reichstag tuve la sensación de que por aquí pasaban, como tocando el aire, muchas de las decisiones que comprometían el destino de mis gentes cercanas. Quizá por eso empecé a pensar de otro modo, a pensar que el color de la naturaleza, el color del otoño, debería partir del hombre y volver a él. Pero el verdadero fruto del mundo, el mundo mismo, como siempre lo fue, está siendo arrebatado. Tanto en espacio, como en tiempo, como en fruto. El espacio, la vivienda, el tiempo, representado por una idea de libertad en la que juegan muchos componentes, y el fruto, representado por el propio pan, están siendo arrebatados en cantidades supremas a cada mayores cantidades de seres humano. Vi el gran árbol y me impresionó, rodeado por las paredes de la Reichstag. Pero entonces, sentí que la multitud se convertía en tronco, o el tronco en multitud, y vi brotar las hojas desde los propios seres que deambulaban ajenos a todo, bajo las hojas. Sentí que algo pasaba, y lo esperé. Entonces vino este chico, y se erigió en tronco. Cuando lo vi, supe que la metáfora valía la pena.


Árbol humano. Berlin, oct 2013.


Seguí caminando hacia ella, aun cuando la puerta de Bradenburgo me ha resultado siempre un lugar vacío. La vi en escorzo, desde el paso de cebra, como un copete a los ciudadanos. Tuve la sensación de que aquella puerta vivía, por primera vez. Y el paso de cebra me ayudó. Una pareja se paró de frente, al otro lado. Él me miró. De repente sentí que representaban la imagen nueva del matrimonio Arnolfini, el cuadro de Van Eyck. Y disparé. En el cuadro, ella baja la cabeza. En la imagen ella no mira a la cámara. En el cuadro, está la solemnidad sagrada, el registro, el pintor como notario, en el decir de Gombrich. En la imagen, los caminantes son los elevados, los príncipes, los sublimes. Una espera frente a un paso de peatones como el momento de la consagración matrimonial. En la imagen de Van Eyck, el poder se representa por la permanencia. En la imagen, por un juego de jerarquías. Mientras todos miran hacia la puerta de Bradenburgo, yo me intereso por lo que late, por la vida presente. Antes los hombres de hoy que los símbolos de cualquier otro tiempo. Una pareja común, a través de la asociación con el cuadro, se eleva a la categoría inmortal. Como Velázquez, el cuadro se amplía, más allá de la imagen está el espacio hacia el que el personaje mira. Ahí estoy yo, o más bien mi mirada, quitando las malas hierbas de la inercia que nos lleva a Bradenburg Tör. De algún modo, no necesito fotografiarme junto a ella. Es el personaje el que me mantiene vivo, en actitud acechante, buscando el "momento decisivo". En él, se busca una constatación de un momento finito, efímero, y no solemne, convertido en todo esto. Bradenburgo, la historia, desmerece. Vale más el momento vital de una pareja, que la memoria de las piedras. Después me crucé con ellos. Había convertido su espera en algo grande, y así parecieron decírmelo...




  Hacía frío por primera vez (o yo lo tenía, resfriado como estaba). Los gorriones estaban hambrientos, también en Alemania. Me senté a comer una pera y un bocadillo, como un nómada, debajo de unos ventanales. No eran unos ventanales cualquiera. Por encima de ellos, una cámara vigilaba, como un ojo, el transcurrir de los hombres. Era el ojo alemán, mirando en la única dirección de Bradenburg Tor. En las ventanas, el reflejo de la bandera era llamativo. Hacía aire, así que se elevaba al viento. ¿Hacía donde mira Alemania?, me pregunté. Vi que era, en todo caso, en dirección contraria. Y tomé la foto.


Luego volví, lentamente, a la estación. Muy cerca de estos lares, la Bauhaus profesionalizó el Arte. Permitió que elementos abstractos formaran parte de un discurso intelectual, que podría llegar a ser humano, e, incluso, como se encargaron de demostrar los constructivistas, participar de la vida "real".
Pintamos líneas en el suelo como objetos pragmáticos y adoramos imágenes como íconos modernos de un pensamiento de igual modo iconoclasta que el pensamiento que desplaza. Nuestra adoración debe cambiar, nuestras líneas confundirse. En la prolongación, diluir, en la prolongación ampliar. Bajo el objetivo al ras y tiro la foto. Sin duda mi mirada no se detiene, sino que enseguida abandona la cúpula de Alexander Platz, y, ansiosa de cielo, sueña otros raíles por donde seguir deslizándose...





DRESDEN




 La primera emoción fuerte que tuve fue antes de llegar a Dresde. Había cogido el tren en Leipzig y atravesaba esa llanura en la misma dirección que la patrulla 5 de bombarderos de la RAF en la noche del 13 de febrero de 1945. Miré al cielo por la ventana y tuve la sensación de que ambos volábamos bajo el mismo cielo. A ras de tierra una inmensa planicie me conmovió. Tuve la sensación de que la tierra estaba indefensa. Al mismo tiempo que viajaba, leía el libro de Taylor: “Dresde”, un libro fascinante sobre los pormenores y alrededores de aquel bombardeo. Eso me provocó lo que provoca siempre la literatura (aunque esta lectura fuera histórica, fundamentadamente histórica): la confusión de tiempos y realidades. Llegué a Dresde un poco antes de las dos, me bajé en Neustadt Bahnhof y enseguida giré hacia Antonstrasse; entonces vi de verdad la estación de Neustadt; la piedra negra. Y volví a conmoverme; hace mucho tiempo ya que pienso que las ciudades sólo albergan historias, que las piedras en sí no son nada. Los últimos judíos que abandonaron Dresde, después de trabajar en Hellerberg, como consecuencia de la discusión perdida por parte de los pragmáticos del Reich, que ya en 1944 se daban cuenta de que Alemania necesitaba mano de obra, aunque fuera judía, en favor de los obcecados por la limpieza étnica, que seguían prefiriendo continuar la aniquilación, se fueron por Neustadt Bahnhof. De allí pasarían a Auschwitz-Birkenau (donde en 1995 perdí el habla), donde ni siquiera quedaron registrados. Fueron gaseados nada más llegar.  De algún modo me conmueve esta pequeña historia, escondida en la memoria de las paredes de la estación. Tomada de lejos, llama la atención la fila de árboles que está colocada delante, cuyo color es ya verdaderamente bello; otoñal.  A un lado, un grupo de hombres, probablemente de “sintecho”, se sientan ingenuamente en un día a día del presente. Uno, ajeno a la cámara, rebusca en una papelera. Enseguida me alejo, con la sensación de haber llegado a Dresde. En un edificio gris leo “Wettbüro”. Una carta pequeña dice que hay plato del día. Aunque no hay nada que me llame, entro. Y encuentro un espacio fascinante, lleno de encanto. Radios de todas las épocas, tuberías en las paredes, decoración kitsch de los setenta. Eso es también Dresde; comulgar una historia con otra historia; la época de Augusto el grande, en el inmenso XVIII, con el bombardeo del 45, con la Dresde del Este al otro lado del muro. Voy a mi habitación de Alauenstrasse y no puedo evitar salir enseguida hacia Frauenkirche. Corro por la orilla del Elba y reconozco enseguida la cúpula de la Iglesia de Bähr. Allá voy. Es el símbolo del múltiple Dresde. Uno de los lugares a los que siempre quise ir. Y veo su piedra, mal copiada de aquella granulada piedra de arenisca del XVIII, e imagino el órgano de Silbermann, las pisadas de Bach para probarlo, las bombas de la noche de Febrero del 45, destruyendo la cúpula y su interior, y sé que tengo que entrar. Al día siguiente, tras una mañana disfrutando de un cielo abierto en el interior del coqueto Zwingler de Pöpelmann, de recorrer sin emoción la terraza Brühl y la Kunstakädemie, entramos en la Frauenkirche. La supuesta emoción buscada no aparece. La tercera suite orquestal de Bach no me mueve, hasta su repetición en el bis. Lástima. Una ocasión perdida.  La iglesia es monumental. Bajamos a la parte baja, por debajo del altar; allí, una pequeña capilla nos enseña cómo quedaron los bajos tras el fuego inglés. Esto es Dresde. Al día siguiente, entre toses, corremos la media maratón de la ciudad; dos veces atravesamos el Elba y aparecemos en la plaza donde aún están el Schloss, la Opera, y la entrada del Zwingler. Por el pavé incómodo donde una vez sólo hubo huecos, enfilo la recta seguro de hacer marca personal. El cielo apenas amenaza lluvia.



 ( Die erste echte Emotion hatte ich vor ich in Dresden kamm. Ich hatte in Leipzig eingestiegen, und der Zug gleidete durch die Ebene in die gleiche Richtung, die die RAF 5nte Streife der Bombern an dem Nacht der 13. Februar 1945 namm. Durch den Fenster konnte ich ein Blick des Himmels haben. Ich hatte das Gefühl, dass wir unter den gleichen Himmel flogen. Durch den Fenster eine ewige Ebene bewegte mich. Ich dachte: “Die Erde ist wehrlos”. Gleichzeitig, las ich das Buch “Dresden”; ein wunderbares Buch über alles, was mit der Destruktion Dresden in der Nacht der 13. Februar 1945 zu tun hatte. Das war die Ursache meiner Konfussion; und zwar das Literatur mischt verschiedene Zeiten und Wahreiten in dieselbe Tasse. Ich kam in Dresden ein bisschen vor zwei Uhr. Ich stieg in Neustadt Bahnhof aus, und ich namm gerade Antonstrasse. Dann konnte ich wirklich Neustadt Bahnhof anschauen; die schwarze Steine… Und es bewegte mich wieder. Es ist schon lange her, dass ich denke, dass Steine sind selbst sinnlos. Alles was eine Stadt hat, sind die Erzählungen, die überall leben.  Die letzte Juden, die Dresden verlassen hatten, nach einer kurze Zeit in Hellerberg (dass “fast” kein Konzentrationlager war), hatten es durch den Neustadt Bahnhof gemacht. Damals gab es in Deutschland, innerhalb den Reich, eine kräftige Diskussion, nämlich “müssen  alle Juden in Deutschland ermördet werden oder könnten sie als Arbeitskraft für Deutschland nützlich sein?”. Die “letzte Juden aus Dresden” kammen in Auschwitz-Birkenau an, wo sie nicht registriert worden. Kaum waren sie in der Lager angekommen, waren sie vergast worden. Irgendwie bewegt mich diese kleine Geschichte, die in der Gedächtnis der Wänden des Bahnhöfes versteckt ist. Von fern betrachtet, und mit der Kamera als Bild aufgenommen, fällt es die Reihe des roten Bäumes auf, die vor dem Bahnhof stehen. Ihre Farben sind schön, herbstlich. Seitlich des Bildes, eine Gruppe Männern, die wahrscheinlich “Obdachlos” sind, sitzen einfach so, in der Heute, gegenwärtsbezogen. Eins, der meine Kamera nicht gesehen hat, sucht etwas in dem Mülleimer. Ich gehe weiter weg, mit dem Gefühl, dass ich in Dresde angekommen bin. Auf eine grau Gebäude, lese ich “Wettbüro”. In der Karte steht “Tagesgericht”. Nichts besonders ruft mich an, aber ich betrete. Und was ich da finde, finde ich es faszienerend. “Das ist ja raizend”, denke ich. Radios aller Zeiten überall, Rohrleitungen zu sehen, eine kitsche Dekoration aus der siebtzige Jahren. Das ist auch Dresden; nämlich viele vershiedene Zeiten zusammen in der Luft: Augustus der Grosse, der ewige 18. Jahrhundert, der Luftangriff des 13. Februar, und der Osten. Ich gehe in mein Zimmer in Alauenstrasse und ich kann mich nicht zurückhalten; auf jeden fall muss ich jetzt richtung Frauenkirche gehen. Ich laufe an der Elbe und ich erkenne es einfach die Kupel der Kirche von Bähr. Dahin gehe ich. Das ist für mich das Dresdensymbol, wo ich immer hin gehen wollte. Ich sehe die bekannte Stein, daraus es gebaut war, und ich kann mich Bach vorstellen, beim spielen am Silbermänn Organ in den 40er Jahren des 18. Jahrhundert. Ich kann mich auch vorstellen die Bomben der Nacht der 13. Februar, die die Kupel zunichtgemacht hatten. Und ich weiss, dass ich rein kommen muss. Am näschten Morgen, nach eine Weile unter blauen Himmel in dem berühmten Zwingler von Pöpelmann, und nach eine Weile auf der brühlische Terrasse, betraten wir die Frauenkirche. Die vorgestellte Emotion war nicht da. Die dritte Orchestralsuite von Bach erregt mich nicht, bis ich es wieder als “Bis” zuhöre. Schade. Eine verpasste Chance. Die Kirche ist, trotzdem, grossärtig. Wir gehen runter, unter dem Altar. Eine kleine Kapelle zeigt uns, wie sie nach der Bombierung der Englischen war; alles zerstört. Da ist Dresden. Am nächsten Tag, mit Erkältung, laufen wir den Dresden Halbmarathon. Zwei Mal laufen wir durch die Elbe, bis zum Markt, wo der Schloss, der Zwingler, und die Oper immer noch stehenbleiben. Auf der unangenehmen “Pavé”, wo damals nur Löcher waren, betreten wir die Stadt, richtung Ziel. Am Ziel schaue ich das Himmel. Es ist nicht mehr blau, aber da finde ich nur eine Gefahr; der Regen.)





martes, 1 de octubre de 2013

PORTO




Wir waren in Porto am 13. September um den Halbmarathon zu laufen. Zum ersten Mal hatten wir genug Zeit vor dem Lauf, damit wir ganz in Ruhe die Stadt besuchen und auf die Strassen spaziergehen. Ab und zu gab es ein Denkmal, nämlich eine Kirche, der Dom, die Börse, ein Palast… Ich habe mich selbst überrascht, dass ich keine Lust rein zu kommen hatte. Warum? habe ich mich gefragt. Auf diese Frage hat die deutsche Sprache selbst das Anfang einer Antwort: sag “Denkmal”, oder lieber “denk Mal!” Das habe ich gemacht. Ich habe darüber nachgedacht. Eine Kirche spricht uns darüber, wieviel Macht die katholische Kirche überall hatte. Bin ich katholisch? Nein. Mag ich die Ideen der Kirche? Nein. Bin ich gläubig? Nein. Hat die Kirche zu dieser Zeit, und in der heutige Welt etwas Positives gemacht? Nicht viel. Was suche ich denn wenn ich in eine Kirche rein komme? Kann Kunst so abgeschnitten von ihrer eigene Umgebung sein? Es soll nicht. Und die Börse? Glaube ich an Spekulation? Warum sollte ich denn rein kommen? Und ein Palast? Was sagt uns ein Palast? Es sagt uns, dass es eine Familie gab, die sehr reich war, die viele Mitarbeitern hatte, die viel Macht in einer Gessellschaft ohne grundlegendige Rechts hatten. In Porto sind wir nur die Stadt durch gegangen, in kleinen Restaurants gegessen, und einen Halmarathon gelaufen. Mehr als genug.