No hay que dejarse engañar: en estos valles es fácil perderse por la numerología, dejarse llevar por la atracción deportiva de "los tresmiles", o por la más prudente de los dos miles altos. Por los grandes nombres y los grandes números, en fin. Pero hay una belleza frágil en lo pequeño, allí donde habitan los dragones medievales (el demonio), los tesoros del XX, y los fuegos que son señales divinas de ese “ser” sagrado que es reconquistar al “Otro”. Todas estas magias confluyen en esa pequeña Peña de 1770 metros que domina, protege, e ilumina Jaca: la Peña Oroel. Como no todos somos de cosas divinas, arriba, en la Cruz, algunos cuelgan la bandera republicana (lindo matrimonio el de la Cruz y la República), otros llevan de paseo a los niños, otros coquetean con sus kilos de más, y los más bestias convierten la Peña en reto deportivo. Todos los años, en la segunda semana de Agosto, se celebra la subida a la Peña Oroel. Nosotros, que ahora somos de picos, las peñas nos sirven para el Trail running, ese invento nuevo que como todos los inventos nuevos, lleva toda la vida en el devenir del mundo. Desde el Parador sube una pequeña senda protegida por el bosque, en su mayoría de pino, dominado por las raíces y las piedras. Formas alucinantes, como animales, mágicas, vivas, dibujan esas raíces en el curso de la senda. La subida es tolerable, y divertida, con unas zetas infinitas (creo que treinta y dos). Apto para el trail running. Arriba, se puede acceder a la Cruz y al pico por la cuerda, por una senda divertidísima y estrecha entre un arbusto que pudiera ser Boj, hasta que la desnudez de la altura lo convierte en piedra. Desde arriba, Jaca y todo el valle que lleva a Francia por Canfranc. Y ahora, justo en ese momento, empieza la fiesta. Si bajamos por el sendero de abajo, la senda es rapídisma, muy estrecha pero muy fácil, y va serpenteando hasta el cruce que nos lleva hacia la Ermita de la cueva. La bajada es vertiginosa, con piedras, curvas rápidas, zonas de bosque y algunos desniveles importantes. ¡¡Una trialera para gozar!! Abajo, la peligrosa Ermita de la cueva, cuyo techo natural se va desprendiendo. No merece la pena arriesgarse por una virgen, nos decimos. Volvemos arriba e iniciamos el siguiente descenso, por el lugar de subida. Está húmedo, claro, por la tormenta de ayer, y va por el bosque con esas amenazantes piedras y raíces resbaladizas. Pero nos tiramos como dos locos por la trialera abajo, con apenas tiempo para girar en las zetas, calculando el lugar donde irá el pie, “soñando su suerte”, como dirían Gema y Pavel. Llegamos abajo con el demonio metido en el cuerpo. Estos sitios tienen algo...
sábado, 17 de agosto de 2013
viernes, 16 de agosto de 2013
CUMBRE EN EL PETRECHEMA. 2370 M.
a Taranco, Isabel, Julia y Pedro
Taranco "el apóstata" se sienta sobre la roca protegido o amenzado por el espígolo. Al otro lado de sus ojos, el Cirque de L’Escun. Las agujas del espígolo quedan rodeadas de neveros y de piedra suelta; de una pedrera. Como si el viento hubiera trozeado la piedras grandes. Abajo dejamos las sombras húmedas de los bosques de hayas y el refugio del pastor. Arriba espera el Petrechema, 2370 metros, protegiendo la aguja norte de Ansabère, la aguile Nord d’Ansabére. Al fondo, el Bisaurín, como un Dios también sentado. A este lado, el Castillo de Acher. Al fondo, el Collarada, el Pic de Midi, el Balaitus, Anayet… En la última pedrera hay casi que trepar por una pendiente inclinada. Estas montañas son el verdadero Dios de un apóstata ateo, el verdadero trono en el que sentarse o sobre el que caminar. Taranco camina ensimismado con su música por estos pasillos que son, casi, su casa. Getse no parece desfallecer después de la subida al Bisaurín, va fluida y fácil, como si a ella también la llamara un Dios de lo alto, como si ella misma fuera una duenda silenciosa de estos fingidos caminos. Arriba, la montaña democratiza a los humanos; la fragilidad de un cuerpo en estos espacios y en estas alturas es la garantía de un equidad ininterrumpida. Ladera abajo, juego a ser Kilian Jornet en el sendero alto del Petrechema, bajando desde "el espígolo" hacia la casa del Pastor (con fuera pista Trail Running incluido) y de puntillas sobre el nevero, culo incluido. Cuando luce el sol, la montaña es un buen lugar para jugar. Cuando el sol se esconde, aparece la lluvia, el frío, el viento, o la nieve, la montaña no es buen lugar para confiar en uno mismo. La furia de un Dios verdaderamente igual para todos lo desaconseja. Abajo, el otro ser viviente de estos lugares; el río, nos devuelve la vida a los pies, con un agua nieve revitalizante. Otra pequeña cumbre para sentirse orgullosos.
miércoles, 14 de agosto de 2013
CUMBRE EN EL BISAURÍN
Jugar, jugar. Pienso en el juego como el único arma posible para prepararse para el Porvenir. Así que bajo de piedra en piedra, con las rodillas muy flexionadas, y lentamente cada paso, como un gato, hasta que los cuadriceps empiezan a temblar. Desde ahí para abajo sólo pienso en la subida que ha hecho Getse, sin un “ay”, en su primera asecensión seria. Enorabuena. Menudo picacho para empezar. Menudo picacho estés donde estés, vayas donde vayas. Bisaurín es bello, por mucho que te deje las piernas rotas.
viernes, 2 de agosto de 2013
TRAIL RUNNING POR LA JAROSA
Ayer por la tarde me decidí a probar circuitos de Trail.
Hacía un calor de muerte así que decidí ir a la Jarosa, entre Pinares, a última
hora del día. Quería hacer un entreno largo y con desnivel. Me cargué de
humildad y elegí el segundo itinerario del libro de Juanjo Alonso (Trail
running Guadarrama. Edit Desnivel 2011).
Itinerario de iniciación, dice. Recuerdo la Jarosa por la Carrera en la que
volví a ver a Juanillo y porque Trini siempre me hablaba de ella. En MTB mi memoria
no guarda un recuerdo especial. Pero, de repente, empieza el Trail, desde el
Area recreativa la Jarosa I. Aunque el plan de uno pueda ser empezar tranquilo,
la subida lo impide. Es tendida y fuerte, casi sin descanso. Pero no es nada
para lo que vendrá en el kilómetro tres y medio; en repecho pedregoso
canalizado entre árboles, delicioso para el fuerte. Después sube constante, sí,
bonito, pero sin más. Adelanto a un ciclista que
sube con más pena que gloria. Y, entonces sí, cojo el GR. Es más o menos el
kilómetro 7, y desde aquí al 15 es el verdadero Trail. Una subida con grandes
piedras, con una senda divertida y ondulante, en la que a veces hay que
“escalar”, te va llevando hacia cabeza Líjar, en donde asoma un cierto frío,
desde donde podemos asomarnos al Embalse, y, sin Calima, casi tocar Almanzor,
por la derecha, y Bola y Peñalara por la izquierda. La bajada es a partir de
ahora de piedras grandes, imposible ir por ahí en MTB, pienso. Muy técnica,
dura para los tobillos, inmensa para la concentración. Hay que bajar como
esquiando, buscando trazadas y apoyos. Es larga, un juego. Un reto. Justo lo
que buscaba!!!. Después se queda un sendero estrecho que va entre pinares, para
correr más rápido, pero serpenteando hasta que vuelven de nuevo las piedras en
una pendiente fuerte. Y así 8 kilómetros entre unas cosas y otras. Después
viene un tramo de carretera entre Pinares que casi se agradece, antes de
abandonarla para coger el cortafuegos, demasiado pendiente y con arena suelta
para poder disfrutarlo. Y entonces se acaricia el embalse y se vuelve al area
recreativa, donde la terraza te llama. Con apenas un hilo de voz pido mi
clásica cerveza sin alcohol con limón. ¡Sólo 1.20! Sin apenas fuerzas después
de dos horas corriendo, la bebo de un trago. Pido otra y me voy lentamente, ya
anocheciendo, de nuevo a casa. Os dejo el track, por si quereis
disfrutarlo…
http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=2867341
martes, 30 de julio de 2013
Y SIN EMBARGO LA TIERRA GIRA...
Siento perfectamente como el mundo da vueltas. Allá arriba, a 2500 de altitud, rodeado de un silencio verdadero (como ese del que hablaba en
http://www.pasape-cronicasviajeras.blogspot.com.es/2012/08/minho-leiro-el-imposible-de-bruma.html; un silencio entre corchetes), pero también de cabras montesas (sobre todo hembras) y vacas y buitres y aviones rockeros y lagartijas, voy despertándome desde mi nido en lo alto de la Mira, y voy viendo como la luna se va alzando hacia el Oeste, según me voy despertando, a ratos, por la falta de costumbre del vivac y la dureza de mi colchón–tierra. La puesta de la noche, que coincide con una bajada infernal de la temperatura, deja un resplandor rojo en la parte del circo de Gredos, convertido en silueta por el contraluz.
Fotografiar la pintura; paradójico e inverso, pero ese es el objetivo. Ir a lo primario, a lo anterior. A lo verdadero, a lo radical, a lo fundacional.
Por la mañana, cuando el sol vuelve a salir por el Este, el circo queda iluminado, y el mismo resplandor rojo ha pasado al Este, que queda ahora silueteado. Pienso en la educación y en Chesterton. Cuánto mejor se aprenden las cosas sobre el terreno. La tierra gira. Cuánto nos hemos alejado de la naturaleza.
Una cabra montesa me mira como se mira a un bicho raro. Sí, voy a dormir aquí arriba, le digo. Qué bien adaptadas están, pienso. Nosotros podríamos saltar igual sobre las piedras si viviéramos más aquí. Pero vivimos demasiado poco de acuerdo con los ritmos reales del mundo. He subido a la Mira corriendo desde la Plataforma. Ochocientos metros de desnivel y piedra suelta. No es difícil. Con el amanecer, he bajado corriendo, como mimetizado con las cabras. Me faltan los tobillos de aquellas, pero tengo, en mi favor, el concepto de diversión. Algo que posiblemente ellas desconozcan. Llego abajo feliz; quisiera bajar y subir todo el rato. Arriba, bajo las estrellas, de noche, me acordaba de Águeda; la araña de Bourgois, la que iba a visitar cada día en mis días bilbainos para encontrar, tumbado bajo su enorme cuerpo, mi tamaño verdadero en el mundo. Me pasa lo mismo bajo las estrellas. El tamaño verdadero, la temporalidad verdadera, produce una incierta melancolía, mientras observo el pliegue maravilloso de los Galayos, doblados por la naturaleza como si se tratara de una hoja blanda. Plas ti li na. Hay que venir más al monte en solitario para encontrar los vínculos con lo que de natural hay en nosotros. Cuando cede la luz, que intercepto de milagro y con esfuerzo (con voluntad),
por el cansancio, el sueño, y el frío, me encierro en el saco, ajeno a temporalidades artificiales, y me pliego en lo posible al terreno, desentrenado de él. Así han sido todos estos días; el viernes trepando por la cara sur de la Peña Cadalso, por donde una vez bajé con mi pequeño Luther, que se quejaba de miedo, y luego atravesando las pistas de la cantera, solitarias, como una herida, recordándome siempre al mismo tiempo a un crimen y a Burtinsky. Y bajando por las trialeras que llevan hacia los pinares de Almorox. Y luego el Sábado de MTB por las trialeras de Virgen de la Nueva, intentando seguir con la bici las trazadas del descenso. Y el Domingo subiendo a pie y corriendo y sin pausa hasta la cumbre de la Peña Cenicientos, cuya subida final parece la Escala de Jacob, y desde la cuál aparece la sierra de Madrid, Gredos, y las tristes torres madrileñas, ninguneadas por lo natural. Y ayer la Mira. Unos días de hacer cumbre y cumbre. Y de inventar, en lo que queda del día, esos pájaros que debieron merodear por los alrededores de Santa Claudia: un Halcón peregrino, un Alcaraván,
una Cigüeña y un Autillo. Lo inolvidable de los días está en lo pequeños y cortos que le parecen ya a la memoria. Y en lo que no se cuenta.
http://www.pasape-cronicasviajeras.blogspot.com.es/2012/08/minho-leiro-el-imposible-de-bruma.html; un silencio entre corchetes), pero también de cabras montesas (sobre todo hembras) y vacas y buitres y aviones rockeros y lagartijas, voy despertándome desde mi nido en lo alto de la Mira, y voy viendo como la luna se va alzando hacia el Oeste, según me voy despertando, a ratos, por la falta de costumbre del vivac y la dureza de mi colchón–tierra. La puesta de la noche, que coincide con una bajada infernal de la temperatura, deja un resplandor rojo en la parte del circo de Gredos, convertido en silueta por el contraluz.
Fotografiar la pintura; paradójico e inverso, pero ese es el objetivo. Ir a lo primario, a lo anterior. A lo verdadero, a lo radical, a lo fundacional.
Por la mañana, cuando el sol vuelve a salir por el Este, el circo queda iluminado, y el mismo resplandor rojo ha pasado al Este, que queda ahora silueteado. Pienso en la educación y en Chesterton. Cuánto mejor se aprenden las cosas sobre el terreno. La tierra gira. Cuánto nos hemos alejado de la naturaleza.

Una cabra montesa me mira como se mira a un bicho raro. Sí, voy a dormir aquí arriba, le digo. Qué bien adaptadas están, pienso. Nosotros podríamos saltar igual sobre las piedras si viviéramos más aquí. Pero vivimos demasiado poco de acuerdo con los ritmos reales del mundo. He subido a la Mira corriendo desde la Plataforma. Ochocientos metros de desnivel y piedra suelta. No es difícil. Con el amanecer, he bajado corriendo, como mimetizado con las cabras. Me faltan los tobillos de aquellas, pero tengo, en mi favor, el concepto de diversión. Algo que posiblemente ellas desconozcan. Llego abajo feliz; quisiera bajar y subir todo el rato. Arriba, bajo las estrellas, de noche, me acordaba de Águeda; la araña de Bourgois, la que iba a visitar cada día en mis días bilbainos para encontrar, tumbado bajo su enorme cuerpo, mi tamaño verdadero en el mundo. Me pasa lo mismo bajo las estrellas. El tamaño verdadero, la temporalidad verdadera, produce una incierta melancolía, mientras observo el pliegue maravilloso de los Galayos, doblados por la naturaleza como si se tratara de una hoja blanda. Plas ti li na. Hay que venir más al monte en solitario para encontrar los vínculos con lo que de natural hay en nosotros. Cuando cede la luz, que intercepto de milagro y con esfuerzo (con voluntad),
por el cansancio, el sueño, y el frío, me encierro en el saco, ajeno a temporalidades artificiales, y me pliego en lo posible al terreno, desentrenado de él. Así han sido todos estos días; el viernes trepando por la cara sur de la Peña Cadalso, por donde una vez bajé con mi pequeño Luther, que se quejaba de miedo, y luego atravesando las pistas de la cantera, solitarias, como una herida, recordándome siempre al mismo tiempo a un crimen y a Burtinsky. Y bajando por las trialeras que llevan hacia los pinares de Almorox. Y luego el Sábado de MTB por las trialeras de Virgen de la Nueva, intentando seguir con la bici las trazadas del descenso. Y el Domingo subiendo a pie y corriendo y sin pausa hasta la cumbre de la Peña Cenicientos, cuya subida final parece la Escala de Jacob, y desde la cuál aparece la sierra de Madrid, Gredos, y las tristes torres madrileñas, ninguneadas por lo natural. Y ayer la Mira. Unos días de hacer cumbre y cumbre. Y de inventar, en lo que queda del día, esos pájaros que debieron merodear por los alrededores de Santa Claudia: un Halcón peregrino, un Alcaraván,
una Cigüeña y un Autillo. Lo inolvidable de los días está en lo pequeños y cortos que le parecen ya a la memoria. Y en lo que no se cuenta.
lunes, 22 de julio de 2013
ZUMAIA FLYSCH TRAIL
Como Tapies, contrasta los materiales. Ese es el escenario.
Fuera, la humedad es indescriptible. Uno no suda, destila. El calor, límite. Y
el paisaje tiene esa bondad de lo inalcanzable; exime a los perezosos. Los
desniveles son altísimos, las bajadas tramposas y resbaladizas, los bosques
demasiado húmedos en la piedra. Pero afuera, en ese paisaje que lo apacigua
todo, está el público guipuzcoano; ese público que entiende el deporte como sólo
él lo entiende. Un deporte en el que todo el que lo intenta, con la única
medida de sus fuerzas y con la única medida de sus objetivos personales, es
aclamado como un héroe. En la salida resuena el público hasta el escalofrío. En
el kilómetro 30, alcanzando la Ermita de Zumaia, cuando las piernas están ya
vacías, vuelve el escalofrío con el bramido del público, verdadero vencedor de
este Trail, organizado como los ángeles, duro y divertido y bello. Y mágico. En
cuanto a mi, la prudencia. Este Trail está, con mucho, por encima de mis
posibilidades. Por distancia, por dureza, y por técnica. Hasta el kilómetro 23
corrí con total prudencia para conservar fuerzas y estructura. Fuerzas por la distancia, el calor, la humedad, y la dureza de las subidas. Estructura por las bajadas, estrechas, y, como ya dije, resbaladizas y tramposas. Después, pude
correr. La meta fue un alivio y una llamada. Después, metí las zapatillas en
una caja de sidra y me fui al Txindurri Iturri a beber de la barrica esa sidra
que sale de la manzana que crece acariciando al Flysch…

lunes, 8 de julio de 2013
EL TAMAÑO DE LAS COSAS
El tamaño de
las cosas de este mundo es a todas luces relativo. La imaginación colectiva ha
dado muestras de ello en ejemplos como Los viajes de Gulliver, o las esculturas
de L.Bourgois y J.Plensa, por citar sólo un par de ejemplos. Pero donde
verdaderamente el tamaño relativo de las cosas se expresa, es en “los
invisibles”. Claro que estoy
hablando de una metáfora transferida de la Teoría de Einstein. Mi imaginación
literaria me permite con frecuencia imaginar, al observar las muestras de
júbilo que corredores aficionados muestran en las llegadas de carreras
populares sencillas, que detrás de cada corredor que cruza la meta hay una
historia personal que engrandece su gesta hasta un tamaño que los primeros ni
siquiera podrían imaginar. En este mundo, como en el extraño Homúnculo de
Penfield, el orden numérico no coincide con el tamaño de los logros, con el
tamaño verdadero de las cosas. Si este vicio de un determinado tipo de
pensamiento fuese extirpado, el mundo sería mucho más rico, infinitamente más
entusiasta. Y la extrañeza que ahora nos provocaría no lo sería si nos
hubiésemos acostumbrado a mirarlo todo con ojos ajenos a lo numérico; a lo
categórico. Y si vengo contando esto fue porque el Domingo 30 de Junio al
mediodía me subí al cajón del podio para celebrar mi tercer puesto en el Cross
nocturno de Navacerrada en categoría veteranos (a la que ya pertenezco, más por
DNI que por espíritu) que habíamos corrido el viernes por la noche. Y si este
tercer puesto es un logro en el mundo de los números, se convierte en algo
monumental si va acompañado, no sólo del disfrute del recorrido (en realidad mi
primer Trail verdadero) sino de la presencia en la carrera de Miguelito
Chispas, que inauguró este blog aquel día de la Pedriza subiendo a la Nava, y
que se perdió delante en la oscuridad en los primeros kilómetros de este
pequeño Trail, hasta que lo recuperé, como una sombra, en la subida infernal al
Majespino. Coronando arriba como hermanos de sangre, conseguí bajar milímetros
más rápido que él; un Ironman de largo recorrido. Tuve fé y suerte. Y entrar
delante de él fue un acto de admiración por mi parte, más que un deseo, más que
una victoria. Gracias, Miguelito.
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