domingo, 15 de octubre de 2017

ODIAR A SIDDHARTA

 Mi rechazo a Hesse hunde sus raíces en la adolescencia, cuando mis compañeros de Instituto, que leían algo muy de vez en vez (y supongo que por conseguir adscripciones femeninas más que por interés) me insistían con tonito evangelizador y espíritu iluminado que “tenía” que leer Siddharta y Demian. Yo interpretaba (porque ellos lo sugerían así) que habían tocado cierto espacio que aún estaba vetado o cerrado a mí, y que aquellas lecturas les habían, en verdad, iluminado. En mi escepticismo, o a pesar de él, leí “Demian”. Y sólo encontré un libro pobre, de proposiciones azucaradas y algo de una blandura insignificante, pueril. Me sentí engañado e idiota por haberme dejado inducir, pero me sirvió para generar un personaje maravilloso, capaz de rechazar de forma visceral a Hesse, al que decidí encarnar, curiosamente, en Sidharta, que no había leído. En realidad en ese rechazo estaba el rechazo a esa corriente de iluminados  que en su supuesto despertar caminan con el bombillo de sus destellos proyectando en los demás un mundo de sombras creados por su luminaria. Es el mismo comportamiento que el del adolescente que descubre el amor, y sabe, a ciencia cierta, que en el devenir del mundo nadie ha podido sentir nada parecido a lo que él acaba de descubrir. Algo que le eleva por encima del resto de los mortales a espacios inefables, antes no-tocados, no-hallados, no-hollados. En su defensa de ese espacio, existe también una necesidad de proyectar y de que otros entren en el espacio sagrado, para que lo vean, para que vean de qué mieles ha bebido. El espacio se convierte, casi, en cuerpo, en verdad, en doctrina. Y es todo eso lo que se encarna en Hesse, no Hesse mismo. Mi rechazo visceral ha sido tal que Lorenzo, al pensar en una palabra que me defina, dice: “Siddharta”. Uno está tanto en lo que le apasiona como en lo que rechaza. Así que se ha presentado con el libro, con el libro físico, por si lo quería leer. Supongo que para darme la oportunidad de rechazar con rigor. Ya que yo nunca he negado que mi odio a Siddharta era infundado. En realidad, no lo había leído. Y aquí estoy yo, con todo mi escepticismo, con el libro leído. He descubierto en Siddharta algo que no esperaba encontrar. No a un hombre iluminado sino alguien que rechaza las doctrinas, los dogmas de fe, las enseñanzas ajenas, muy alejado de una beatitud placentera, sino más bien un hombre asediado tanto por sus incapacidades como por su propia personalidad, alguien incapaz de predicar y sólo capaz de encontrar una sabiduría propia, no transmitible. ¿Cómo es posible entonces que este libro haya servido a sus atentos lectores para transmitir sabiduría, para encontrar iluminación, para sugerir o promover la sabiduría del otro, para instar a la meditación al prójimo, para sugerir “un” camino, o para cualquier otra cosa, cuando es un libro que parece sugerir todo lo contrario; la observación, el silencio, la libertad para que cada uno se deje llevar por los senderos propios, hasta el error (entendido de manera individual) como camino? ¡¿Cómo, digo en voz alta, cómo?! Me sorprende cómo los humanos tienden a decirles a los demás lo que tiene que hacer, lo que deberían hacer, o incluso lo que les vendría bien hacer. Pero que Siddharta se haya convertido, al menos en el entorno que yo viví, en la bandera de todo eso, se ha convertido desde hace unas horas, en un gran puzzle de un solo color.

martes, 16 de mayo de 2017

DÍA 5


 Los monjes lo sabían casi todo, pero les faltaba Sameirás. Sé que tengo que subir tranquilo porque no sé exactamente a cuanto está Sto Estevo. Voy sin desayunar, pero llevo los mágicos higos secos de Cirilo y arándanos deshidaratados. En la parte alta, que es una especie de alto llano que no deja de subir, están las mamoas de Moura, son monumentos megalíticos que se me confunden con formas naturales. A cada tramo, un cartel indica el nombre de una piedra; su forma nos recuerda a otra cosa. Es esta forma de imaginación la que hemos ido perdiendo; las metáforas, fruto de la imaginación, de la desautomatización, de la recontextualización, van desapareciendo sibilinamente de nuestro mundo. “Ya”, diréis, “no están desapareciendo, es una exageración”. El viejo mito de cualquier mundo pasado fue mejor. La metáfora es una forma de supervivencia innecesaria hoy. Para el que vive en la naturaleza, una nube, una piedra, un tronco seco, le recuerda a un pájaro, a una manzana, a un jabalí. Son imágenes casi antropológicas cuya forma estructura la anagnórisis, el reconocimiento. Hoy, no reconocer al pájaro ni a la manzana ni al jabalí no nos impide sobrevivir, pero limita la transferencia de mundos y nos reduce a este nuestro, literal, en el que una vaso es un vaso y un plato es un plato. En este aburrimiento supino de las cosas unifuncionales y prácticas, me imagino que uno necesita el fútbol, la cocaína, o dar rienda al ansia de la codicia. Pero hay lugares, como este de Moura, que son como el amanecer de Borges, lugares como instantes que mantienen el mundo, que evitan que cuando uno se quite la zapatilla y quiera meter el pie en un agua que no sea el de la bañera; el de un río, con sus pececillos, fangos, arenillas y oscuridades, no se le contraiga el gesto y le aparezca un signo de inquietud y asco. Y desde Mouras, el acceso sobre las piedras resbaladizas del robledal, llenas de musgo, serpenteando por un pequeño cortado en el interior del bosque, ya nos dice algo: de nuevo, los monjes de Sto Estevo lo sabían todo. Los dos claustros renacentistas a esta hora de la mañana, después de una hora y media corriendo por la montaña y aún sin que se hayan abierto las puertas del desayuno (son aún las ocho y media), me recuerdan algunas de las reglas benedictinas, y algo más: que me queda exactamente el mismo tiempo camino arriba y camino abajo, hasta que, en torno a las diez, me siente a desayunar en “el remanso de los patos”, con las patas de palo. Como un pirata que recién vuelve de otros mundos; del mundo de las formas y del mundo del tiempo. Un tiempo el que prima la envidia de los claustros y los lugares silenciosos. Una envidia imposible, porque ya hemos sido expulsados de aquel paraíso. Pero hay algo peor; la ansiedad de envolver en una única luna de miel, todo lo que supuestamente soñábamos. Por eso nos quedamos en la terraza del remanso bebiendo cerveza tranquilamente, al sol, escribiendo estas líneas, antes de salir rumbo a Ribadavia a visitar Sameirás; la bodega. Antonio Cajide nos había regalado vino para la primera exposición de “Paraíso Perdido”. Y sus tintos fueron humus para una larga discusión sobre Celan en Función lenguaje. Pero ahora nos enseña, entre historias y anécdotas, la clave: el viñedo. La forma de caer la tierra, la profundidad y la forma de revolver el abono, la distancia entre viñas, la forma de entrelazarlas a la guías, la limpieza de la tierra, los injertos de meses y meses, la forma de enfrentar la hierba y la helada, y sobre todas las cosas, creo, la autocrítica. Después de dos horas con Antonio salimos hinchados de uva, y, decidimos irnos a Entreríos (¡¡como Mesopotamia!!), ya pegado a la costa, en Pobra de Caraminhal.

lunes, 15 de mayo de 2017

Día 4

Vagar como una buena costumbre. Quizá habría que acostumbrarse a esto. Nadie dijo que hubiera que ver o que hacer. Podría haberse dicho que bastaba con salir, con asomarse. Podría haberse dicho que no hacía falta siquiera salir. Podría no haberse dicho nada. Así salimos en dirección al cañón del Mao. No hacia el cañón, sino en dirección del cañón. En uno de los pueblos vemos que hay un mirador, dejamos el coche junto al cementerio y bajamos y bajamos. Una serpiente pequeña descansa sobre la hoja de un helecho, a centímetros de donde pasamos, tomando el sol. No se inmuta, pero no estará a la vuelta en el mundo de los cautos. Del mirador nunca supimos. Después, más adelante, en una aldea llamada Vilouxe, vemos casas abandonadas, o estados de casas en los que se ha detenido el tiempo, como si las cosas mantuvieran su hálito en la función y el movimiento para el que fueron hechos. Me explico: en su último día, un abuelito preparó el desayuno, dejó la tetera frente a la ventana, la cesta sobre la encimera y se fue. Quizá cayó o le sorprendió la muerte cuando se disponía a enfrentar la humedad de ese día. Con suerte, se ocuparon de él con cariño, culpa y tristeza. Hoy, frente a la ventana, la tetera está en el mismo lugar en el que la dejó aquella mañana. Unos metros más abajo el codo del Sil; una de las vistas más impresionantes del mundo. Pero estamos en el día del vagar y seguimos, hasta Parada de Sil. Es casi hora de comer, así que comemos. Comemos pote y secreto y, por suerte, flan de café!! Aquí se da la escena comentada más arriba. El hombre nos amenaza con la ruta de la ermita de Sta Cristina y Kilian le contesta lo del Everest. Por cierto, cuando escribo esto Kilian acaba de subir al Everest; solo, sin oxígeno y sin cuerdas fijas, en 26 horas. Para nosotros, espectadores, es espectacular, para Herzog, o sin cierta razón, un signo de la decadencia de este mundo. Decidimos llegar a la Ermita de Sta Cristina; atajamos con el coche y nos dejamos el último tramo, una estrecha senda que baja de golpe, para acceder a Sta Cristina. Allí, solos, rodeados de bosque, nos damos cuenta de las grandes sabidurías de estos afortunados monjes: a saber, el silencio, la naturaleza, y la luminosidad. Si nos damos cuenta merodeando por entre la ermita y el monasterio más aún nos damos cuenta al llegar de golpe hasta el lugar un autobús escolar cargado de adolescentes escupidos a la escalinata de acceso. El lugar retumba de ruido, de gritos, y las paredes tiemblan, contaminadas. Es tentador culpar a las hormonas de una traición así, pero este es un pensamiento facilón. No son las hormonas.
 En el cañón del Mao la pasarela nos lleva hasta un recodo que busca el Sil, como una inmensa piscina redonda. Como es Mayo y aquí no hay nadie, nos bañamos, antes de seguir caminando por las viñas situadas a media ladera. En la lejanía, suenan explosiones. “Es para alejar al jabalí de las viñas”, nos dice una mujer que lava la ropa a mano contra la piedra, mientras alrededor todos los gatos están enfermos, los gallos roncos y sólo los pájaros la envuelven, sola, ocupada en la tarea. Como furtivos que creen estar cazando una especie en peligro de extinción o una estampa de otro tiempo, la grabamos rodeada por el sonido de los pájaros, el canto del gallo, y su sospecha. A punto de anochecer, subo de nuevo hasta la cumbre de la Mouras, en seis tandas de dos minutos fuertes. Arriba, me imagino ya el día de mañana, intentando alcanzar Sto Estevo antes de desayunar. Por fin, por la noche, terminamos “Hombres felices”. “Felices”, dice Herzog, y quiere decir alejados de burocracias, horarios convencionales o entramados humanos. Aunque la idea es completamente insuficiente, se agradece la dialéctica. Con la luz del día, y no bajo horarios, intentaré llegar a Sto Estevo.


domingo, 14 de mayo de 2017

DÍA 3


Hay un lugar que dicen Agua caída, cerca de una aldea llamada Marce. Es una gran caída de agua, una catarata, escondida en el bosque, abajo, pegada al cañón del río. Para llegar nos cruzamos con un par de hombres mayores que acuden a la sobreinterpretación, como suele suceder con los humanos: “se puede bajar, con cuidado pero se puede bajar, lo difícil es subir, pero con paciencia yo creo que podréis”. Interpretan una debilidad que se nos supone, como cuando el otro día, en Parada do Sil, el hombre que comía con nosotros nos amenazó: “ para llegar a la Ermita de Sta Cristina, los que andan mucho, pero mucho mucho, pueden llegar en 4 horas; así que echadle seis”. Luego en el coche se nos ocurre una escena divertida. Kilian está comiendo en nuestro sitio y le contesta: “pues yo me subo al Everest y bajo en 23 horas, casi en zapatillas”. Cada vez estoy más a favor de Susan Sontag y más en contra de la interpretación. Volvemos sobre nuestros pasos y cogemos un Pr que va todo el rato pegado al río, que parece ser parte de la ruta de la ribera sacra. Atravesamos viñedos y viñedos dispuestos en terrazas siempre viendo el cañón del Sil. 


Sólo hacemos dos pausas, bajo dos cerezos; el primero lo dejamos temblando, a punto, decimos en broma, de ponernos malos por exceso de cerezas. “Qué bueno sería poder comer en un día o dos todas la cerezas del año”. En el segundo llenamos nuestro recipiente para el futuro. Pero el deseo es ciego y poco práctico. Las cerezas alejadas del cerezo serán pasto de los gusanos. Cuando llegamos de nuevo a Marce ya no tenemos ganas de seguir andando, sino de sentarnos a tomar café. Preguntamos en el portal de una casa y nos dicen que la semana que viene montarán un lugar para tomar café, que hemos llegado pronto. Pero entonces sale Eva y le preguntamos que donde podríamos tomar uno, cerca.” ¿Qué queréis, café? Pues yo os hago uno, si por un café no voy quedarme empenhada” . Pero Eva no trae sólo café, trae también una tarta de almendras hecha por ella, pastel de coco y tarta de Santiago. Abajo, junto a nosotros, está el perro, el que nos ladró al llegar seguramente para avisar a Eva de que venía gente que necesitaba un café. Enfrente, un rosal precioso, junto a un pequeño muro. Eva se lleva las manos a la cabeza: “¿en la Penalva, estáis en la Penalva?. Pero si aquí en Ferreira hay un hotel muy bueno, con termas, y además son fiestas. Pero en la Penalva, en la Penalva!”. Se encoge de hombros y nos insiste que vayamos a las fiestas de Ferreira. No sabe, ni nunca sabrá, que para nosotros tiene más valor este café y esta tarta de almendras, hechos de generosidad, de confianza, y seguramente con las tradiciones familiares, que la escena que vemos en Ferreira al pasar a coger gasolina: casetas medio puestas con caseteros borrachos; el abandono total. Así que nos volvemos a la Penalva, y nada más llegar vuelvo de nuevo por los senderos monte arriba, hasta Moura, dando palmadas al jabalí para que hoy me escuche llegar con tiempo y nos evitemos los dos el susto del atardecer. Cenamos de muerte y volvemos a intentar ver “Hombres felices”, de Herzog. Es extraordinario cómo se confunden y retroalimentan esas escenas con las nuestras, en qué medida las imágenes y las ideas de Herzog arrojan marcos para nuestro camino diario. El cazador siberiano, con su dura rutina diaria, dice Herzog, “es el único testigo de la belleza de la naturaleza”. El cazador comenta que hay algo en lo que todos los cazadores estarían de acuerdo: “la codicia es el peor de los vicios del cazador”. Alejados de burocracias y civilizaciones, el cazador gravita entre los dos polos básicos de la existencia: formar parte de la naturaleza, y alejarse de la codicia. Es lo que domesticado se denomina ahora “sostenibilidad”; algo que no puede ser un cartel de marketing, sino una sabiduría básica. 

















sábado, 13 de mayo de 2017

DÍA 2

 El primer paso es siempre el más importante, porque define la dirección. Porque ahuyenta destinos autoimpuestos que habíamos pensado que eran para nosotros y que no representan otra cosa que el vértigo que nos empuja, el miedo a no ser. En un proceso de limpia, nos dirigimos por la carretera de la Coruña, en nuestro flamante Clio de dieciséis años, en pos del cañón del Sil. Y empiezan los gestos rutinarios que nos maravillan; escuchar la Ser, en la que nos falta Pepa Bueno para ser la hostia, las cabezadillas de Getse, las tortillas de patata “mu regulares” de los bares de carretera, y, al final, una cierta ansiedad para ver el Nadal-Djokovic de las semis de Madrid. No es sólo el tenis, es esa cosa del cambio de rol. Después de tres años sin ganar a Djokovic, Nadal no le da opción. Esa movilidad de estar arriba y estar abajo (como en la canción de Pavel Urkiza) me atrae. A veces esa posición es el resultado de una habilidad que viene y va, pero que nunca será eterna. Otras, proviene de una lugar inefable que lo fortalece todo. Las más de las veces viene de la representación de un rol, de una fortaleza ficticia, de una convención lábil. Y es bajo la capa de la fortaleza falsa donde los humanos claudican siempre. Aprovechan el traje para demostrar una fuerza que no es suya. Mi experiencia reciente en el examen de Barcelona es una prueba clara. Es la debilidad del ignorante, del vulgar, del soberbio la que te marca la cara. Penalva está escondida en la ladera del Miño, muy cerquita de Ourense. Galicia representa para nosotros ahora y hoy el paraíso, más que Hawai, una playa del Caribe, o una isla. En cada piedra, en cada árbol, gruta, esquina, pieza, o caída de agua, hay un nombre. Y ese nombre es el alma de las cosas, ese nombre es el alma del mundo entero. Arrancamos camino arriba desde Penalva hacia Ferreirua para reconocer la entrada al paraíso más cercano, y nos metemos monte arriba. Un bosque de roble y castaño, en el que el musgo va decorándolo todo, envuelve las piedras. A media ladera decidimos volver, por no perdernos. Pero ya abajo sigo la más voluntariosa de todas las rutinas. Llegar, cambiarme, y volver de nuevo a recorrer el camino, ladera arriba, pero corriendo. Subo como una moto y consigo llegar a “una” cumbre; es una aldea llamada Vilaxusa que los vecinos de abajo conocen como Moura. Me asomo al cementerio y bajo de nuevo como una moto. Un jabalí negro enorme me escucha llegar de repente, y desparece por el bosque destrozando las ramas. Es mi primer día de casado y se nota la ligereza de las piernas. Pero es sobre todo el flow mental lo que me llena, después de un día espeso de coche. ¿Cómo puede descansarme y animarme tanto un paliza como esta, después de no dejar de correr cuesta arriba en 25 minutos y no dar ni un paso andando? Cenamos con gusto; las carrilleras al vino, bien cocinadas, le hacen perder esa desagradable gelatinosidad. Hay cerveza artesanal y también peras al vino. En la alcoba de los recién casados espera “Happy men, un día en la Taiga” de Herzog. Hemos caído rendidos a mitad de película las dos últimas noches y está no será diferente. Vivir cansa, tomar decisiones y dirigirte hacia el otro lado de donde no quieres cansa. Y el sueño nos lo agradece. En una bolsa de tela con rayas azueles y negras llevamos un manojo de libros. Lo llamamos “la biblioteca”. Es ella la que nos echa de menos, en días así.

viernes, 12 de mayo de 2017

DÍA 1


 Los acontecimientos se suceden muy rápidos. Ayer, recién llegados a la Junta de Retiro, aparece Carmena, y, como en los cuentos de Atxaga, mientras nos hacemos una foto con ella le digo al oído algo que posiblemente no sepa; que le habíamos pedido de forma oficial que nos casara, con un alto componente literario: “hacer de los rincones de la ciudad nuestros verdaderos altares”. Se encandila con la novia repitiendo que qué guapa que qué guapa, que qué guapa, hasta tres veces. En el novio no aprecia bondades, aunque de forma indirecta, aprecia buen ojo. Después nos casa Nacho Murgui, el amigo de todos nuestros amigos, y sucede la maravilla, escondida para el ciego: obligado por el protocolo lee cada uno de los puntos formales, y entre todos, nosotros interrumpiéndole y él abriendo paréntesis, comentamos cada epígrafe. Todo es como en una reunión de amigos. El rito, los roles, no desaparecen, pero aún permanecen las personas. En eso hemos alcanzado una gran altura, permanecer dentro del personaje que jugamos en la función momentánea sin desaparecer. “Los contrayentes asumen igualdad de responsabilidades en el cuidado de ascendentes y descendientes, así como en la tareas del hogar”. “Aquí yo suelo mirar al chico”, dice Murgui, “y veo como el peso de la bóveda celeste parece debilitar la decisión de casarse”. “Qué bueno sería que todo se cumpliera”, añade. Pero en su ironía, en su humor, está también un deseo, vestido de gala para el camino. Nos rodean todos los padres, los cuatro, y eso lo equilibra todo. Pero hay más; está Pepe, la mirada capaz de ver la belleza de esa espontaneidad exenta de pompa, de esa alegría en la sencillez, alguien capaz de ver esa invisible perla que vamos encontrando, al despojar de toda falsedad a las cosas, al moldearla a nuestra manera, común, en cada gesto. Como en la antigüedad, Pepe representa al Fauno, ese habitante del bosque que parece no pertenecer a los códigos de los hombres, pero que como el arlequín o el ciego, lo ve todo.

domingo, 8 de mayo de 2016

Vana gloria (el día después de la Transvulcania).

 Me revuelvo la pereza del día después y decido bajar al puerto a última hora de la tarde. No encontraré ninguno de los maravillosos atardeceres de la costa oeste de la Palma, ni actividad, ni sol, ni otra cosa que el ambiente de un día de lluvia, pero quiero bajar al puerto. Bajo trotando y animoso. El gris es como una escala de Jakob, con infinitos peldaños. Y estos días son el traje perfecto para recordar la poesía alemana del XIX. Con la calma humana resuena más fuerte la naturaleza, y en ese continuo de grises aparece ese "unheimlich" que tantas maravillosas imágenes le dio a Eichendorf. Pero yo no bajo buscando a Eichendorf y mucho menos una escala de Jakob que me lleve a Dios. Busco sólo una playa tranquila a última hora de la tarde...
 Y entonces me lo encuentro; un podium abandonado, en una esquina, con restos de basura, unas cintas que recuerdan de qué fue, y unos carteles tirados por el suelo. Es la memoria, creo, la que lo abandona, lo desterra la immediatez, es la idolatría la que lo quema. Porque son nuestras formas de pensar las que crean los espacios, las que crean ídolos, las que crean mitos. Un podium es un espacio sagrado, porque es un pedestal. Y un pedestal es el lugar en el que se dignifican los dioses y las cosas; pero estos dioses son de muy distinta índole, y los hay hasta para proteger todas las actividades diarias. En este juego existe un diálogo múltiple; el pedestado protege, el que sube al pedestal "cuida" al pedestado. Y así se mantiene el equilibrio. Luego ese pedestal es un espacio de dignificación, pero no de idolatría. Cuánto nos estamos equivocando. Abandonamos los espacios sagrados y los usamos corrompidos por el presente para una idolatría desmemoriada. Sólo nos sirven para la foto. Los espacios no existen, sólo existen las proyecciones virtuales de esos espacios. Hoy, la red. Nuestros ídolos están en su mayor parte atrapados en esa red, como Marte y Venus, para exposición pública. Y como ellos, serán castigados con dureza, no por los olímpicos, sino por un arma aún más afilada: por la desmemoria. Porque en esta locomotora desenfrenada, como le gustaba llamarla a Benjamin, hemos perdido en gran parte los carriles verdaderos. Incluso el cristianismo prohibió durante mucho tiempo la idolatría, con el fin de buscar a Dios en el corazón, hasta que descubrieron el inmenso poder de la publicidad, afición a la que se inclinó incluso Gonzalo de Berceo, de una forma que hoy nos parece ingenua. Pero cuánto tenemos que cambiar nuestro modo de pensar si queremos un mundo sin tanta frustración, sin tanto prozac, sin tanta exclusión. Esta mañana Ana Dora nos contaba cómo, después de encontrar cuatro pollitos en un contenedor, metidos en una bolsa cerrada, casi asfixiados, pudo sacar a dos y salvarlos, y cómo, uno de ellos,ya gallina, más adelante, envenenada por alguno de los químicos que deben echarle al plátano, apareció moribunda. La cogió, la metió en casa, le dió leche con una jeringuilla, le hizo tomar potasio, magnesio, le movilizó el tórax rígido, le abrió las alas... y aunque durante días y semanas no reaccionó, siguió haciéndole ejercicios y ungüentos estomacales sólo por el hecho de que aún respiraba, aún siendo incapaz de mantenerse de pie. Un día, sin embargo, la gallina se mantuvo en pie, y sobrevivió a tal punto que, hace unos días, tuvo pollitos. En mi pedestal no sé si poner a la gallina, como hizo ella, o a Ana Dora misma. Pondré dos,o a las dos, para no equivocarme. Para que no pierdan su sitio como ese podium nimio y abandonado en la esquina inferior izquierda de esta foto, llena de la inmensidad y no contaminada por la vana gloria.


Aún me pregunto demasiadas cosas sobre la Transvulcania. Existe, en estos grandes acontecimientos, la misma dialéctica que se produce en “el campo”. La isla bonita es, para unos, el mito de lo natural, para otros, un clima perfecto, pero para los habitantes verdaderos de la Palma, los palmeros, es completamente otra cosa. Bares con hombres apostados a las puertas, un índice de población en paro altísimo, crudeza con lo animal (no quiero reproducir aquí las pequeñas historias que he oído sobre trato de podencos, de caballos, ni sobre el general abandono de los animales una vez que las condiciones económicas menguan). Ambas posturas son comprensibles y no difieren en absoluto de las que por toda la península se dan de forma habitual. Aquí una estructura primitiva, con los hombre apostados a las puertas de los bares, una cultura alimentaria “visiblemente” insalubre, y esa combinación del abandono con lo salvaje. Sin embargo, nobleza. Es la misma combinación que tiene la transvulcania. Esa parte maravillosa, en la que se combina el reto con lo natural, y esa masiva espectacularización de las cosas, en la que a más videntes más beneficios publicitarios. Muchos de nuestros males vienen por la idea de la competición, en cada rincón de nuestra vida diaria. Sin embargo una cierta idea competitiva es positiva, estimulante, deseable. Ay, Horacio, siempre con tu “mediocritas aurea” sobre nuestras cabezas. El equilibrio es difícil, porque ¿quién puede sostener el evento sin ayuda de los sponsors? ¿Cómo, aún así, pueden ser los premios tan insignificantes para la talla de los corredores?  Sin duda, no sobra el soporte.  Sin embargo, una vez superada la línea de lo sostenible empiezan las preguntas incómodas. La cantidad de corredores ha sido tal, que el evento activa “una” economía palmera, sin duda, pero ¿es al menos debatible el impacto ambiental? Sabemos que la movilización masiva es primitiva; lo vemos en el fútbol.  Está basada en dos aspectos: la cantidad y el volumen. La cantidad crea la masa, la idea de Herder de la pertenencia ampliada. La idea de grupo, la protección. El volumen activa esa masa, la enloquece. ¿Pero tiene eso algo que ver con nuestra idea inicial, con las motivaciones profundas que nos hacen deambular por la montaña? ¿Con el silencio y la soledad que de verdad nos mueven cuando uno contra uno o uno con el otro nos movemos por estos maravillosos lugares, cuando dialogamos con el viento, con la lluvia, con el calor o con el frío, con la ceguera de las nubes o con la ceguera que produce el sol de frente? Ahora me siento a escribir frente a un inmenso platanal. Y hay calma, una gran calma. Una maravillosa calma. La vestimenta del gran grupo es lo que ya Wyoming llama “ir vestido de zafarrancho” ¿hace falta eso para correr, y más aún, para correr por “el monte”? De la Transvulcania me queda la emoción propia de haber podido correr dos carreras en tres días, con cierta intensidad, doce meses después de destrozarme el pie bajando de Peña Cenicientos como un animal. Doce meses casi sin poder correr. Eso es lo que más me alegra, el pie está casi bien, ahora podré correr de nuevo. Me quedan también la imagen de Luis, roto, llegando a meta, de Sage, la alegría de Zaid, las lágrimas de la francesa, la hermandad en carrera, el mar de nubes casi llegando al Pirigoyo, el amanecer en el faro, Marija madrugando para acercarme a los llanos. Pero me sobran decibelios, me sobran el exceso del material, otra camiseta para acumular sobre las anteriores, más polyester inútil, y otras pequeñas cosas, más mías. Pero estamos hablando, a pesar de todo, de un acontecimiento pequeño, no comparable con ninguno de los grandes eventos deportivos (o no deportivos) con los que convivimos habitualmente. No pretendo comparar la transvucania con ellos, ni demonizarla en absoluto. Una de las series de fotos que espero exponer pronto se llama “pensar las cosas”, sólo eso pretendo; pensar las cosas. Que la sorpresa no nos pille demasiado tarde.  Mi experiencia en la TRV es positiva, en cuanto a organización y respeto. Pero tengo ganas de volver a subir yo solo por aquellos senderos, de volver a escuchar como en los días previos, cómo se mueven los lagartos entre las hojas a mi paso, oír de nuevo ladrar a los perros, al mar otra vez por encima de los micrófonos, quiero otra vez todo el viento contra mi, y el miedo de las alturas cuando no estás acompañado, quiero pararme de nuevo arriba en la torre del Time a hablar con Antonio y perderme de nuevo entre las chumberas. Quiero llegar al mar desde arriba y ser el cuadro de Friedrich. Esa pequeñez de lo individual frente a la grande, inmensa naturaleza. Como en las horas interminables de la ría bajo la araña de Bourgois, a la que Cremades le descubrió un nombre: Águeda. Ese nombre me recuerda el tamaño de las cosas frente a nuestra insignificancia. Pero al mismo tiempo, quiero volver a correr la transvulcania, ya, de nuevo. Quién sabe.

domingo, 12 de octubre de 2014

MARATÓN DE BERLIN. 28/09/2014




 Quizá la primera impresión que uno se lleva cuando termina su primera Maratón es que lo ha conseguido. Como si diera igual el qué por el sólo hecho de cruzar la meta. Hay algo en los últimos kilómetros que llama a la liberación de esa criatura que te inunda cuando llevas ya mas de treinta veces un kilómetro. Es una criatura que se te sube a la espalda y simplemente te grita en el alma que dejes de correr. Esta lucha contra el monstruo, al que llevas colgado como un peso muerto, se espanta cuando cruzas la línea maldita. La línea que rompe la maldición, sería mejor llamarla. Si has bajado de tres horas es aún mas liberador, porque esa extraña línea que crea la imaginación humana parece haberse convertido en una línea natural, como atravesar un mar, subir una montaña, saltar un precipicio... Pero claro, una vez que las pulsaciones bajan, queda una también extraña memoria de las cosas, que permite revivirlas (en la medida de lo posible) y repensarlas, para intentar comprender qué nos da, verdaderamente, la experiencia maratoniana. Porque si no hay otra cosa que esa línea temporal, estamos perdidos; no hay nada, al fín, sólo un vacío. En el fondo, aunque a veces el mundo nos confunda hasta el punto de que llegamos a creer algo así, no corremos por una marca, sino que buscamos experimentar un límite. "La experiencia del límite", como describían los poetas desde mitad del XIX. Vaya por delante que aquí cometo una falacia, porque en ese umbral, la experiencia es muy presente, y la memoria solo la revive trampeándola, cometiendo engaño. Arranqué con una cierta tristeza en la salida. Sabía que la tendinopatía de los ultimos tres meses, y sobre todo de las dos últimas semanas, en las que había dejado totalmente de correr, estaba viva, y no era un rival fácil. Estaba claro que me acompañaría hasta dondequiera que llegara. Sabía que el tendón estaba dañado, y que el dolor me podría hacer parar, probablemente temprano: me dió pena ya en el primer kilómetro al pasar bajo la "Sieger" del Tiergarten, porque la molestia me decía que no llegaría lejos, y esa emoción de los gritos iniciales del público, esa sensación de estar corriendo algo especial, esas primeras lágrimas que uno contiene por decoro, quedarían en una memoria incompleta de una carrera truncada. En el kilómetro dos estaba seguro de que abandonaría, pero en el tres la molestia empezó a mejorar y sólo una molestia en los talones, tan familiar que casi no consigo ni hacerla consciente, me acompañaría el resto del trayecto. A partir de ahí he de reconocer que la conciencia de las cosas fue muy plana, sabía que tenía que correr muy prudente si quería llegar y decidí correr a 4.15, cosa que me resultaba difícil, porque en cuanto perdía un poco la concentracion los pasos se acercaban mucho más a 4. A pesar de todo, ¡estaba en forma!. Iba fresquísimo, arropado por un público que nunca dejo de animar durante todo, y todo es todo, el trayecto. Quizá Berlín se vuelque en la Maratón por el día tan maravilloso de sol, o quizá en la conciencia colectiva la Maratón de Berlín signifique algo más desde aquellos días del 89. Pude darme cuenta de muy pocas cosas de la ciudad. Sólo al acercarme a "nuestro" barrio de Neuköln, donde sabía que me esperaban Getse, Maria, Heike y Pablo, levemente al pasar por Postdamer Platz, y en las referencias claras de Alexander Platz acercándonos a la puerta de Brademburgo. En el 27 iba aún fresquísimo y sorprendido, pero entonces las piernas empezaron a cargarse, no tanto por cansancio general, como por endurecimiento muscular. Sin embargo, a pesar de la progresiva dificultad, no me costaba seguir a 4.15. En el 33 empezó el dolor en el psoas y el bloqueo de la rodilla derecha, y ya me costaba dar los pasos. Habiendo pasado la media en 1.28.45 sabía que tenía margen para bajar de tres horas, pero no mucho. En el 34 ya empece a correr por encima de 4.20 y estaba decidido a entregarme, "tampoco era tan importante bajar de tres horas", cuando en el 38 volví a encontrar a mi Cla. Vi primero a Haike, que me sacó de una meditación interior de golpe, con un grito. Después María se sacó las lágrimas de la emoción que le estaba produciendo la carrera con una grito que parecía provenir del páncreas, de la médula misma de la pasión. Getse gritó "ya lo tienes", y eso lo cambió todo. Abandoné la pereza por un nuevo tramo de esfuerzo. Me agarré al "pace" de las tres horas y me mantuve en 4.10 hasta el 41, haciendo un esfuerzo más grande del que yo mismo podía imaginarme. Cuando pase por el 41 supe que de verdad ya lo tenía, y aún tuve fuerzas para correr por debajo de 4.05 este último kilómetro. Brademburgo quedó en una nebulosa a 177 pulsaciones por minuto. "¡2.59.45. Para las condiciones en las que estaba, super!". Pero, en qué se basa la capacidad de ir mas lejos, de ir más rápido, en qué se basa el"citius, altius, fortius",eso es lo importante. Las fuerzas están siempre ahí, pero de qué factores depende el que las uses o no, ese es el quid. En mi caso, sin los gritos del kilómetro 38, no hubiera bajado en ningún caso de tres horas. En ningún caso. Es como si ese pequeño logro fuera un logro común. Como si la extracción de las fuerzas fuera una labor de todos. Es por eso que comparto la foto. Ninguna otra lo merece más que esta, en la que estamos los cinco.
 Pero la memoria nos habla de muchas otras cosas. Berlín se lleva un diez. ¿Pero son estas fiestas del correr un mercado? Lo son: el precio es desorbitado, y hay por todos lados formas mercantilistas: las fotos; antes, después, durante, los recuerdos; camiseta, equipacion oficial, feria de los días antes... el correr se aleja de su espacio natural, es absorbido por una explotación monetaria, convertida en un recuerdo comprable y no en una experiencia interior. La contradicción alcanza también al trato de las estrellas. Kimetto baja de 2.03. Es para mi en este momento el mejor deportista del planeta. Se lleva 150000 euros, lo que gana Ronaldo en dos días. Vergonzoso. Pero más vergonzoso es aún el trato. Los periódicos le preguntan que qué va a hacer con el dinero, una pregunta inimaginable en el día a día de los alemanes, en una entrevista a Ronaldo, a Nadal, a Federer, pero Kimetto es keniata, hay que dictarle desde un "occidentopocentrismo" vomitivo cómo debe saludar, qué debe hacer, y nos debe agradecer esa propina con respecto a lo que factura la propia carrera, porque en el país de la miseria podrá comprar casa, y su familia podrá vivir bien. Lamentable. Se le infantiliza. Un atleta enorme manejado por un mundo que se cree más inteligente. Queda la imagen de la civilizacion y "el salvaje". Pero un tío capaz de correr en menos de 2.03 no es un salvaje; es un genio. Los que le entrevistan, los que le contratan, los que le managerizan, los que hablan de él en este sentido, en ningún caso le llegan a la altura del betún. En ningún caso. Pero la dignidad humana está lejos de ser respetada por el otro. Kimetto sirve a Berlin para prolongar su mito, para aumentar su resonancia, para aumentar sus ingresos, para publicitarse. Pero no hay nada en Kimetto que tenga para Berlín interés desde el punto de vista humano. Es, en el sentido de la sutileza del hoy, la forma en la que se prolonga un colonialismo racial y cultural que funciona esta vez en forma de red, y que en realidad obvia las dificultades de los que viven con Kimetto, pero no son susceptibles de ser rentables para el sistema.
 Para vomitar, sin haber contaminado suficiente el músculo con ácido láctico.

viernes, 17 de enero de 2014

LA NOCHE DE SAN ANTÓN. JAÉN, 16 DE ENERO.




 Acabo de correr una de las mejores carreras del mundo. La popular San Antón de Jaén. Me pregunto qué debe tener una carrera para ser “sentida”, “vivida”, como una de las mejores carreras del mundo.  Es difícil describirlo porque es difícil comprenderlo, y es difícil comprenderlo porque como todas las grandes cosas de este mundo, esta se ha hecho muy lentamente. La carrera se corrió por primera vez en el 84 y en estos 31 años los corredores han dibujado un circuito por el interior de la ciudad y los jieenenses han visto a sus vecinos y a sus amigos en forma volar cuesta arriba hacia el Escudero, o sufrir los excesos o las desventajas genéticas de sus otros vecinos en pos del mismo punto. Andalucía aglutina las ventajas y las desventajas del Gatopardo; un pasado glorioso, la generación de una degeneración de aquello en vacuolas de poderes individualizados, y un clima con muchos trucos. Un sitio para vivir y un sitio donde trabajar dignamente es hoy el privilegio de muy pocos. San Antón no representa la fiesta del olvido, sino una fiesta a la que parecen pertenecer todos esos mundos; una fiesta popular, en el que los logros dependen del esfuerzo propio y no del favor ajeno, y una fiesta al esfuerzo que posiblemente pertenezca, muy al contrario de lo que parece, a la idiosincracia andaluza. Pero además es una fiesta “propia”; como si los Dioses les permitieran por un instante, en esta fecha carnavalesca, poseer algo de forma verdadera. La festividad de San Antón en Jaén se remonta a los años de la reconquista, y son conocidos sus lumbres y sus melenchones, además del “hasta San Antón pascuas son”, que es como predicar una pascua atea, fuegos demoniacos, y vilancicos laicos. Hay algo en lo primero, en la fiesta popular, en lo que esta carrera se acerca al movimiento de la San Silvestre Vallecana, y hay algo en lo segundo, en lo histórico, en lo que Jaén se remonta a los ritos más profundamente paganos para enlazar con las vibraciones de la tierra. Nunca podremos saber exactamente cuáles son las razones verdaderas que llevan a que cuando uno llega al Escudero, atraviesa la Catedral, baja por el empedrado que lleva de nuevo hacia el gran Eje, o afronta esa última recta como en esas imágenes de los Pirineos del Tour, en fila de a uno y arropado por varias filas de gente que estrechan el paso, rodeado en todos los pasos por las antorchas, a pesar del frío de las manos al sostenerlas, uno sienta que está corriendo una de las mejores carreras del mundo, con esa sensación que sólo las grandes carreras (y en eso es ejemplar el maratón de Nueva York y quizá ninguna otra maratón o media maratón europea) poseen; que son héroes desde el primero al último. Un ejemplo de verdadera democratización del sentimiento.
 De mi experiencia como corredor, hay otras dos carreras que formarían la triada perfecta. La San Silvestre Vallecana, cuya historia, a pesar de haber sido desgraciadamente comercializada, surge de un sentimiento más analizable que el de San Antón. Es una fiesta a imagen de la de Sao Paulo que surge en el año 64 en plena depresión de un barrio que la dictadura había convertido en un foco de absoluta exclusión, y que es hoy el orgullo de los que vieron pasar en los primeros años a Mariano Haro victorioso, a Carlos Lopes, al mismo Jose Luis González que inauguró la San Antón, y a la mejor generación de fondistas españoles antes del abuso africano. Pero sobre todo, a cientos de miles de vallecanos y madrileños soñando cada 31 de Diciembre un año mejor.

 La otra es la Behobia San Sebastián.  En ella, aunque para mi gusto de un recorrido menos atractivo, se junta que la carrera llega ya casi al siglo, con un tradición por las carreras pedestres y competiciones tradicionales que les hace ser únicos en el mundo, con, posiblemente, un sentimiento muy fuerte de reivindicación de lo propio: correr es un ejercicio de libertad, y la libertad, en todas sus vertientes, está en la historia vasca, especialmente guipuzcoana, con la necesidad de ser uno mismo, en lo social, en lo político, y en lo individual. Desde el año 79 la Behobia ha sido la memoria de un pueblo, y cuando uno entra en Donosti y enfila frente a la Kursaal hacia la meta, está viviendo sus mejores momentos como deportista, vaya en el puesto que vaya, y vaya lo roto que vaya.
  Hoy, las carreras populares se han convertido en un mercado (San Antón es la excepción: gratis en 30 ediciones, 3 euros para esta edición, y sin feria) y en eventos masivos en los que se producen reivindicaciones individuales que la masa diluye y domestica. Pero detrás de todo eso, en algunas carreras como estas tres que menciono aquí, late una fuerza misteriosa que ensalza una de las actividades que considero más esencialmente humanas: correr. El movimiento, el esfuerzo, el destino, la búsqueda, la investigación de los límites y la sensación de libertad y presente que produce el correr no son emociones ingenuas a pesar de que una sociedad mercantil las haya intentado convertir en una actividad numerizable. Son parte esencial de la persona, parte esencial del ciudadano. ¡Viva San Antón!

viernes, 25 de octubre de 2013

TOMANDO BERLÍN

La fotografía es una criatura misteriosa que uno lleva en la sangre, y que nada tiene que ver con disparadores o sensores lumínicos. Aparece sólo cuando las condiciones son misteriosamente favorables, o cuando uno se ha desprendido de determinados pensamientos que le permiten ver; es como si para poder tomar fotografías uno pudiera comulgar lo que piensa (o cómo lo piensa) y lo que ve. Esta vez, al llegar a Berlin, tenía tres horas antes de coger el tren a Osanbrück. Pensaba leer en la estación, pero algo ocre (el otoño) me sacó fuera. Estaba cerca de la Reichstag y de Bradenburg Tor, así que salí, abandonando mi maleta de vez en vez, para hacer caso a los designios de la Olympus XZ 1, un tesorito como cualquier otro. Al llegar a la Reichstag tuve la sensación de que por aquí pasaban, como tocando el aire, muchas de las decisiones que comprometían el destino de mis gentes cercanas. Quizá por eso empecé a pensar de otro modo, a pensar que el color de la naturaleza, el color del otoño, debería partir del hombre y volver a él. Pero el verdadero fruto del mundo, el mundo mismo, como siempre lo fue, está siendo arrebatado. Tanto en espacio, como en tiempo, como en fruto. El espacio, la vivienda, el tiempo, representado por una idea de libertad en la que juegan muchos componentes, y el fruto, representado por el propio pan, están siendo arrebatados en cantidades supremas a cada mayores cantidades de seres humano. Vi el gran árbol y me impresionó, rodeado por las paredes de la Reichstag. Pero entonces, sentí que la multitud se convertía en tronco, o el tronco en multitud, y vi brotar las hojas desde los propios seres que deambulaban ajenos a todo, bajo las hojas. Sentí que algo pasaba, y lo esperé. Entonces vino este chico, y se erigió en tronco. Cuando lo vi, supe que la metáfora valía la pena.


Árbol humano. Berlin, oct 2013.


Seguí caminando hacia ella, aun cuando la puerta de Bradenburgo me ha resultado siempre un lugar vacío. La vi en escorzo, desde el paso de cebra, como un copete a los ciudadanos. Tuve la sensación de que aquella puerta vivía, por primera vez. Y el paso de cebra me ayudó. Una pareja se paró de frente, al otro lado. Él me miró. De repente sentí que representaban la imagen nueva del matrimonio Arnolfini, el cuadro de Van Eyck. Y disparé. En el cuadro, ella baja la cabeza. En la imagen ella no mira a la cámara. En el cuadro, está la solemnidad sagrada, el registro, el pintor como notario, en el decir de Gombrich. En la imagen, los caminantes son los elevados, los príncipes, los sublimes. Una espera frente a un paso de peatones como el momento de la consagración matrimonial. En la imagen de Van Eyck, el poder se representa por la permanencia. En la imagen, por un juego de jerarquías. Mientras todos miran hacia la puerta de Bradenburgo, yo me intereso por lo que late, por la vida presente. Antes los hombres de hoy que los símbolos de cualquier otro tiempo. Una pareja común, a través de la asociación con el cuadro, se eleva a la categoría inmortal. Como Velázquez, el cuadro se amplía, más allá de la imagen está el espacio hacia el que el personaje mira. Ahí estoy yo, o más bien mi mirada, quitando las malas hierbas de la inercia que nos lleva a Bradenburg Tör. De algún modo, no necesito fotografiarme junto a ella. Es el personaje el que me mantiene vivo, en actitud acechante, buscando el "momento decisivo". En él, se busca una constatación de un momento finito, efímero, y no solemne, convertido en todo esto. Bradenburgo, la historia, desmerece. Vale más el momento vital de una pareja, que la memoria de las piedras. Después me crucé con ellos. Había convertido su espera en algo grande, y así parecieron decírmelo...




  Hacía frío por primera vez (o yo lo tenía, resfriado como estaba). Los gorriones estaban hambrientos, también en Alemania. Me senté a comer una pera y un bocadillo, como un nómada, debajo de unos ventanales. No eran unos ventanales cualquiera. Por encima de ellos, una cámara vigilaba, como un ojo, el transcurrir de los hombres. Era el ojo alemán, mirando en la única dirección de Bradenburg Tor. En las ventanas, el reflejo de la bandera era llamativo. Hacía aire, así que se elevaba al viento. ¿Hacía donde mira Alemania?, me pregunté. Vi que era, en todo caso, en dirección contraria. Y tomé la foto.


Luego volví, lentamente, a la estación. Muy cerca de estos lares, la Bauhaus profesionalizó el Arte. Permitió que elementos abstractos formaran parte de un discurso intelectual, que podría llegar a ser humano, e, incluso, como se encargaron de demostrar los constructivistas, participar de la vida "real".
Pintamos líneas en el suelo como objetos pragmáticos y adoramos imágenes como íconos modernos de un pensamiento de igual modo iconoclasta que el pensamiento que desplaza. Nuestra adoración debe cambiar, nuestras líneas confundirse. En la prolongación, diluir, en la prolongación ampliar. Bajo el objetivo al ras y tiro la foto. Sin duda mi mirada no se detiene, sino que enseguida abandona la cúpula de Alexander Platz, y, ansiosa de cielo, sueña otros raíles por donde seguir deslizándose...





DRESDEN




 La primera emoción fuerte que tuve fue antes de llegar a Dresde. Había cogido el tren en Leipzig y atravesaba esa llanura en la misma dirección que la patrulla 5 de bombarderos de la RAF en la noche del 13 de febrero de 1945. Miré al cielo por la ventana y tuve la sensación de que ambos volábamos bajo el mismo cielo. A ras de tierra una inmensa planicie me conmovió. Tuve la sensación de que la tierra estaba indefensa. Al mismo tiempo que viajaba, leía el libro de Taylor: “Dresde”, un libro fascinante sobre los pormenores y alrededores de aquel bombardeo. Eso me provocó lo que provoca siempre la literatura (aunque esta lectura fuera histórica, fundamentadamente histórica): la confusión de tiempos y realidades. Llegué a Dresde un poco antes de las dos, me bajé en Neustadt Bahnhof y enseguida giré hacia Antonstrasse; entonces vi de verdad la estación de Neustadt; la piedra negra. Y volví a conmoverme; hace mucho tiempo ya que pienso que las ciudades sólo albergan historias, que las piedras en sí no son nada. Los últimos judíos que abandonaron Dresde, después de trabajar en Hellerberg, como consecuencia de la discusión perdida por parte de los pragmáticos del Reich, que ya en 1944 se daban cuenta de que Alemania necesitaba mano de obra, aunque fuera judía, en favor de los obcecados por la limpieza étnica, que seguían prefiriendo continuar la aniquilación, se fueron por Neustadt Bahnhof. De allí pasarían a Auschwitz-Birkenau (donde en 1995 perdí el habla), donde ni siquiera quedaron registrados. Fueron gaseados nada más llegar.  De algún modo me conmueve esta pequeña historia, escondida en la memoria de las paredes de la estación. Tomada de lejos, llama la atención la fila de árboles que está colocada delante, cuyo color es ya verdaderamente bello; otoñal.  A un lado, un grupo de hombres, probablemente de “sintecho”, se sientan ingenuamente en un día a día del presente. Uno, ajeno a la cámara, rebusca en una papelera. Enseguida me alejo, con la sensación de haber llegado a Dresde. En un edificio gris leo “Wettbüro”. Una carta pequeña dice que hay plato del día. Aunque no hay nada que me llame, entro. Y encuentro un espacio fascinante, lleno de encanto. Radios de todas las épocas, tuberías en las paredes, decoración kitsch de los setenta. Eso es también Dresde; comulgar una historia con otra historia; la época de Augusto el grande, en el inmenso XVIII, con el bombardeo del 45, con la Dresde del Este al otro lado del muro. Voy a mi habitación de Alauenstrasse y no puedo evitar salir enseguida hacia Frauenkirche. Corro por la orilla del Elba y reconozco enseguida la cúpula de la Iglesia de Bähr. Allá voy. Es el símbolo del múltiple Dresde. Uno de los lugares a los que siempre quise ir. Y veo su piedra, mal copiada de aquella granulada piedra de arenisca del XVIII, e imagino el órgano de Silbermann, las pisadas de Bach para probarlo, las bombas de la noche de Febrero del 45, destruyendo la cúpula y su interior, y sé que tengo que entrar. Al día siguiente, tras una mañana disfrutando de un cielo abierto en el interior del coqueto Zwingler de Pöpelmann, de recorrer sin emoción la terraza Brühl y la Kunstakädemie, entramos en la Frauenkirche. La supuesta emoción buscada no aparece. La tercera suite orquestal de Bach no me mueve, hasta su repetición en el bis. Lástima. Una ocasión perdida.  La iglesia es monumental. Bajamos a la parte baja, por debajo del altar; allí, una pequeña capilla nos enseña cómo quedaron los bajos tras el fuego inglés. Esto es Dresde. Al día siguiente, entre toses, corremos la media maratón de la ciudad; dos veces atravesamos el Elba y aparecemos en la plaza donde aún están el Schloss, la Opera, y la entrada del Zwingler. Por el pavé incómodo donde una vez sólo hubo huecos, enfilo la recta seguro de hacer marca personal. El cielo apenas amenaza lluvia.



 ( Die erste echte Emotion hatte ich vor ich in Dresden kamm. Ich hatte in Leipzig eingestiegen, und der Zug gleidete durch die Ebene in die gleiche Richtung, die die RAF 5nte Streife der Bombern an dem Nacht der 13. Februar 1945 namm. Durch den Fenster konnte ich ein Blick des Himmels haben. Ich hatte das Gefühl, dass wir unter den gleichen Himmel flogen. Durch den Fenster eine ewige Ebene bewegte mich. Ich dachte: “Die Erde ist wehrlos”. Gleichzeitig, las ich das Buch “Dresden”; ein wunderbares Buch über alles, was mit der Destruktion Dresden in der Nacht der 13. Februar 1945 zu tun hatte. Das war die Ursache meiner Konfussion; und zwar das Literatur mischt verschiedene Zeiten und Wahreiten in dieselbe Tasse. Ich kam in Dresden ein bisschen vor zwei Uhr. Ich stieg in Neustadt Bahnhof aus, und ich namm gerade Antonstrasse. Dann konnte ich wirklich Neustadt Bahnhof anschauen; die schwarze Steine… Und es bewegte mich wieder. Es ist schon lange her, dass ich denke, dass Steine sind selbst sinnlos. Alles was eine Stadt hat, sind die Erzählungen, die überall leben.  Die letzte Juden, die Dresden verlassen hatten, nach einer kurze Zeit in Hellerberg (dass “fast” kein Konzentrationlager war), hatten es durch den Neustadt Bahnhof gemacht. Damals gab es in Deutschland, innerhalb den Reich, eine kräftige Diskussion, nämlich “müssen  alle Juden in Deutschland ermördet werden oder könnten sie als Arbeitskraft für Deutschland nützlich sein?”. Die “letzte Juden aus Dresden” kammen in Auschwitz-Birkenau an, wo sie nicht registriert worden. Kaum waren sie in der Lager angekommen, waren sie vergast worden. Irgendwie bewegt mich diese kleine Geschichte, die in der Gedächtnis der Wänden des Bahnhöfes versteckt ist. Von fern betrachtet, und mit der Kamera als Bild aufgenommen, fällt es die Reihe des roten Bäumes auf, die vor dem Bahnhof stehen. Ihre Farben sind schön, herbstlich. Seitlich des Bildes, eine Gruppe Männern, die wahrscheinlich “Obdachlos” sind, sitzen einfach so, in der Heute, gegenwärtsbezogen. Eins, der meine Kamera nicht gesehen hat, sucht etwas in dem Mülleimer. Ich gehe weiter weg, mit dem Gefühl, dass ich in Dresde angekommen bin. Auf eine grau Gebäude, lese ich “Wettbüro”. In der Karte steht “Tagesgericht”. Nichts besonders ruft mich an, aber ich betrete. Und was ich da finde, finde ich es faszienerend. “Das ist ja raizend”, denke ich. Radios aller Zeiten überall, Rohrleitungen zu sehen, eine kitsche Dekoration aus der siebtzige Jahren. Das ist auch Dresden; nämlich viele vershiedene Zeiten zusammen in der Luft: Augustus der Grosse, der ewige 18. Jahrhundert, der Luftangriff des 13. Februar, und der Osten. Ich gehe in mein Zimmer in Alauenstrasse und ich kann mich nicht zurückhalten; auf jeden fall muss ich jetzt richtung Frauenkirche gehen. Ich laufe an der Elbe und ich erkenne es einfach die Kupel der Kirche von Bähr. Dahin gehe ich. Das ist für mich das Dresdensymbol, wo ich immer hin gehen wollte. Ich sehe die bekannte Stein, daraus es gebaut war, und ich kann mich Bach vorstellen, beim spielen am Silbermänn Organ in den 40er Jahren des 18. Jahrhundert. Ich kann mich auch vorstellen die Bomben der Nacht der 13. Februar, die die Kupel zunichtgemacht hatten. Und ich weiss, dass ich rein kommen muss. Am näschten Morgen, nach eine Weile unter blauen Himmel in dem berühmten Zwingler von Pöpelmann, und nach eine Weile auf der brühlische Terrasse, betraten wir die Frauenkirche. Die vorgestellte Emotion war nicht da. Die dritte Orchestralsuite von Bach erregt mich nicht, bis ich es wieder als “Bis” zuhöre. Schade. Eine verpasste Chance. Die Kirche ist, trotzdem, grossärtig. Wir gehen runter, unter dem Altar. Eine kleine Kapelle zeigt uns, wie sie nach der Bombierung der Englischen war; alles zerstört. Da ist Dresden. Am nächsten Tag, mit Erkältung, laufen wir den Dresden Halbmarathon. Zwei Mal laufen wir durch die Elbe, bis zum Markt, wo der Schloss, der Zwingler, und die Oper immer noch stehenbleiben. Auf der unangenehmen “Pavé”, wo damals nur Löcher waren, betreten wir die Stadt, richtung Ziel. Am Ziel schaue ich das Himmel. Es ist nicht mehr blau, aber da finde ich nur eine Gefahr; der Regen.)





martes, 1 de octubre de 2013

PORTO




Wir waren in Porto am 13. September um den Halbmarathon zu laufen. Zum ersten Mal hatten wir genug Zeit vor dem Lauf, damit wir ganz in Ruhe die Stadt besuchen und auf die Strassen spaziergehen. Ab und zu gab es ein Denkmal, nämlich eine Kirche, der Dom, die Börse, ein Palast… Ich habe mich selbst überrascht, dass ich keine Lust rein zu kommen hatte. Warum? habe ich mich gefragt. Auf diese Frage hat die deutsche Sprache selbst das Anfang einer Antwort: sag “Denkmal”, oder lieber “denk Mal!” Das habe ich gemacht. Ich habe darüber nachgedacht. Eine Kirche spricht uns darüber, wieviel Macht die katholische Kirche überall hatte. Bin ich katholisch? Nein. Mag ich die Ideen der Kirche? Nein. Bin ich gläubig? Nein. Hat die Kirche zu dieser Zeit, und in der heutige Welt etwas Positives gemacht? Nicht viel. Was suche ich denn wenn ich in eine Kirche rein komme? Kann Kunst so abgeschnitten von ihrer eigene Umgebung sein? Es soll nicht. Und die Börse? Glaube ich an Spekulation? Warum sollte ich denn rein kommen? Und ein Palast? Was sagt uns ein Palast? Es sagt uns, dass es eine Familie gab, die sehr reich war, die viele Mitarbeitern hatte, die viel Macht in einer Gessellschaft ohne grundlegendige Rechts hatten. In Porto sind wir nur die Stadt durch gegangen, in kleinen Restaurants gegessen, und einen Halmarathon gelaufen. Mehr als genug.

viernes, 30 de agosto de 2013

EL CANAL DE CASTILLA CORRIENDO: UNA BÚSQUEDA DE LA ESCALA DEL MOVIMIENTO.


  



  Empezamos en Alar del Rey este intento de recorrer la vera del Canal, corriendo, como quien acompaña a un ser vivo, con una idea clara: no sólo viajamos a relacionarnos con el dibujo que otro tiempo deja en el Espacio (casi del mismo modo que cuando visitamos cualquier motivo histórico), sino que viajamos a relacionarnos con el dibujo que otro “tempo” deja en el Espacio. Cuando pensamos en la Idea inicial del Canal, mediado el siglo XVIII, nos resulta extraño imaginar ese modo de transporte; construir un canal para transportar mercancía (sobre todo cereal) desde la costa Cantábrica hasta casi la capital, en barcazas tiradas por mulas desde la parva, con esas cuerdas llamadas sirga que van conviertiendo a estos caminos en "caminos de sirga”, teniendo que superar esclusas y esclusas, es un “tempo” de otro “tiempo”. La experiencia, lejos de ser evaluativos y rígidos, consiste en tratar de convivir de alguna manera con ese “tempo”, alejados de la ayuda de los motores, y en relación directa con la velocidad de los materiales vivos; del agua, de la tierra, del viento, y de la capacidad mecánica y metabólica de los tejidos vivos, como el hueso, el músculo, y el tendón; del cuerpo, al fin. De algún modo, pretendemos experimentar con el sentimiento de las mulas, pero no sólo con la banalidad de una idea así, sino, sobre todo, con la escala del mundo en relación al cuerpo humano. Y cuando decimos cuerpo, decimos no sólo la dimensión de este, sino sus capacidades y límites. El proyecto es experimental, aunque lo grabaremos en vídeo para establecer reflexiones pretendidamente alejadas de un carácter evaluativo. No vamos a defender aquel ritmo, sino que vamos a tratar de experimentar sus límites en relación al espacio. Detrás de todo esto subyace la idea de “nido”, de casa, y, de algún modo, está relacionado con dos de mis proyectos fotográficos: “Paraíso perdido”, y “Habitar”. En el primero, se establece una reflexión icónica sobre la relación del nido y el entorno natural, el segundo analiza más los modos de construcción del nido. Esta idea, la de que el espacio natural es en cierta forma nuestra casa común, requiere premisas. La primera es la premisa del tamaño, de las escala. Lejos de los vaivenes de una naturaleza no siempre amiga (esta idea de naturaleza como espacio idílico está descartada de antemano), está la noción de tamaño. Y es esta la base del proyecto. El núcleo en torno al que gira todo. En un mundo tecnológico dominado por motores y virtualidades, que no criticamos, sino más al contrario, del que partimos y en el que vivimos, el precio del desplazamiento natural ha dejado de ser una cuestión. El desplazamiento, con la ayuda de los motores, ha sido prácticamente omitido como problema. Abolido. ¿Pero es este un pensamiento natural o una inercia de una sociedad que nos aleja de nuestro propio cuerpo?
 Para nuestro proyecto incurriremos en una contradicción, que ya adelantamos. Al final de cada etapa, seremos recogidos en coche, para ser llevados al campamento base: Amayuelas de abajo, un pueblo ecológico refundado en el año 98 (fecha discutible) que queda exactamente a medio camino entre Alar del Rey y Medina de Rioseco. Nuestro equipo lo forman Cirilo y Marisa, al volante, Getse, en la bici, como acuífero, apoyo, transporte en ruta, y cámara en vivo. Y yo, que me limitaré a la sencilla y primitiva operación de correr.
  En la pequeña alforja de la bici llevaremos textos de Kundera, de Herzog, de Le Breton, y reflexiones propias escritas o volátiles. Nunca he corrido más de 31 kilómetros seguidos (y lo hice sólo dos veces, en la Kosta Trail y en la Zumaia Flysch Trail), y aunque he preparado esta carrera con entrenamientos largos, y con altos desniveles (que no tendremos en el Canal) seis días semanales, carezco por completo de dos experiencias: una, la del ritmo necesario para completar tantos kilómetros tantos días seguidos, la otra, la experiencia de una recuperación día a día de tal cantidad de volumen. Desde mi última subida a Grosín, en Jaca, mi pie se queja lamentablemente. Eso me preocupa, pero aviva uno de los puntos del proyecto: el precio de la distancia y su relación con el dolor. Con estas premisas y estas incertidumbre nos plantamos en Alar del Rey, con tiempo fresco, y empezamos a correr sin otro objetivo que ir avanzando…    





día 1. El ritmo

 Los primeros compases de la carrera son irregulares; es típico de la ignorancia, o mejor, de las trampas de la imaginación. Porque la imaginación nos habla de las cosas tal como nos gustaría recordarlas; de un deseo abstracto, literario, y emocional. Pero, “in situ”, está la mañana; el fresco, la pereza, la falta de paciencia, y deseos más banales. ¿En qué se convertirán con el tiempo dos ideas que teníamos de entrada; parar cada 10 km a leer textos, y correr a 6 minutos el kilómetro? En pasto para los gusanos. Correr a 6 minutos el kilómetro se me hace inmensamente difícil, vacilo con imprudencia sobre los cinco, y a veces no puedo contenerme a correr por debajo. Incluso esto es demasiado fácil. ¿Pero cómo será el día después? En Herrera nos perdemos, a pesar de haber sido avisados por Demetrio en Amayuelas, y damos una vuelta de mil demonios antes de volver a la vía del tren y al cruce de vuelta al Canal. La tranquilidad inicial se convierte en inquietud. Hemos perdido el ritmo, el rítmico devenir del avance. Y eso se convierte casi en prisa. Creo que hay un equilibrio necesario entre la tranquilidad y el avance. Busco, tras la vía, el agua, y me desvío hacia la acequia, corriendo a su vera, por un camino estrecho, a un ritmo que me devuelve la fuerza. Leemos a deshora, en uno de los puentes que cruza de derecha a izquierda, algunos fragmentos de Herzog, y unas líneas de Kundera. Nos excedemos en el plan con facilidad, y, en el puente de Carraquemada, justo después del alojamiento, llevamos ya 35km. Y entonces, por prudencia, decidimos parar. El pie ha molestado durante kilómetros, cediendo en los últimos diez, y resintiéndose especialmente después de las “paradas textuales”. A la llegada, estoy fresco pero prudente. El misterio del porvenir es lo que me aleja del convencimiento de la facilidad del logro. En todo caso, ha sido un día raro, falto de ritmo, en el que todo iba pareciendo retrasado. Y a pesar de acabar muy cerca de la hora de comer, no ha hecho calor, ni un viento excesivo (sólo al final, haciendo reverencias a las espigas más altas). Un día perfecto para correr, en el que el agua corrió a su ritmo, ajeno al nuestro, y en el que, tras un ligero descanso y la comida, siento una rigidez en las piernas que vaticina el precio de la distancia y los límites de la resistencia. Dice Herzog: “Meine Schritte gehen fest. Und jetzt zittert die Erde. Wenn Ich gehe, geht ein Bison. Wenn ich raste, reht ein Berg” (mis pasos avanzan firmes. Ahora tiembla la tierra, Cuando camino, avanza un bisonte, cuando descanso, descansa una montaña”.  






día 2. Meditación.

  Es extraño arrancar desde el puente, “in media res”. Pero es que la travesía no va de puntos de inicio o puntos finales, sino de “navegar a pie”. Tenemos un pequeño altercado y nos perdemos de nuevo. Eso nos retrasa, no del mundo, no del plan, sino de un sentido del tiempo. Por inseguridad en mis fuerzas, empiezo a necesitar rutinas: es la forma de aferrarme a una tarea difícil: adquirir puntos de anclaje. Uno, el principal, es el ritmo. Encuentro con facilidad y una cierta certeza un ritmo que ronda el 5:30, que no provoca cansancio y que mira al futuro, a través de la reserva de fuerzas. El otro, clave, es disminuir la observación exterior, el entretenimiento (aunque teóricamente debiera servir), por una búsqueda de una resonancia interior. Necesito algo repetitivo, de una sencillez inaudita, que me provoque una sensación parecida al “Minimal”; un estado de meditación, al menos transitoria. Siento una distorsión en todo lo que me aleja de esa meditación, una especie de estado de contrariedad. Incluso leer, decir, me resulta contrario, exceptuando los momentos en los que el pensamiento repetitivo está a punto de estallar. En ese ritmo necesario para acometer grandes distancias en movimientos mucho más simples; en ese ritmo necesario para “el infinito hecho de miniaturas”, es donde radica uno de los primeros y verdaderos encuentros que hago en este recorrido. Existe una cadencia en las cosas naturales; en la llegada del día y del crepúsculo, en el lento y verde deshielo, en la llegada del verano, en el desaparecer de la niebla de la mañana, en la escarcha, en la lluvia, en la nieve. Existe esa misma cadencia en el interior. Los ritmos circadianos, los ritmos de varios días, el ahogo de las estaciones, el cansancio de un curso… Si quieres hacerlos coincidir, debes encontrar ritmos que permitan una resonancia equilibrada. En lo físico, resulta evidente. En la búsqueda metafórica de los ritmos que sobrepasan lo estrictamente rítmico, la transferencia dificulta el camino. En Frómista, los cuatro saltos de agua de la esclusa me hacen pensar en el leve desnivel del suelo, casi como si pudiera sentirlo.  



día 3. El Cansancio y el dolor.

 Desde el primer momento veo que será mi peor día, el pie está rígido y dolorido, las piernas apenas pueden salir de las redes que las apresan. Los diez primeros kilómetros se salvan, pero en la pausa del Puente de Amayuelas, sé que no puedo parar, que no puedo dejar a la red ceñirse. En la impresionante esclusa de Calahorra, en la que se siente más abandono que ninguna otra cosa, me falta de todo; azúcar, barritas, sales, pero la suerte está echada; hay que seguir sólo con agua. Dispongo un ritmo más suave que no puede ser, en todo caso, pastoso. Y aguanto el dolor, soñando en las engañosas distancias de la meseta. Si me paro lo mínimo, no puedo volver a empezar sin renquear. Siempre hacia delante. Es un sino vital, no volver, seguir el camino, la línea, el destino. No hay nada en las palabras externas que pueda ayudar, sólo la fe interior y una extremada paciencia. Vista desde el exterior, esa paciencia es ínfima. Desde el interior, es infinita. Si la mirada mira lo pequeño, si fragmenta la realidad, el espacio es manejable. Las estrategias aparecen casi de manera natural, en relación con el espacio verdadero.  En "contacto" con el espacio verdadero. La resistencia se debilita no por cuestiones metabólicas, sino por algo mucho más material; el agarrotamiento del músculo, y el dolor. He descubierto lo que significa hacer tres veces seguidas más de treinta kilómetros. Pero en ese día a día debe estar la realidad humana. Pienso en los corredores de Ultra Trail y me falla el entendimiento, y de repente, me viene Parménides. Yo siempre tuve de favorito a Heráclito, pero ¿no existe algo que permanece siempre, una memoria del lugar y del tiempo, en cada espacio? ¿No existe la debilidad de las mulas como un aura de mi dificultad para llegar al Serrón, como un Aura para lanzar al aire, como un grito, ya en el puente viejo de Villaumbrales, que “el reposo es, en sí mismo, la verdadera recompensa del guerrero”? 



día 4. El viento.

 Hay una definición de novela que me es especialmente afín, ese "demorarse amorosamente". No por carácter, sino por deseo. A Marx, cuando leía a Balzac, le gustaba decir: "Cuando Balzac se mete en una habitación, yo me voy por el pasillo". Así somos con el espacio, como Marx. Nos gusta ir rápido y por el camino más corto. La última vez que fui a Gredos tardé casi tres horas, saliendo desde Cadalso de los vidrios. Fue un sueño. Cuando lo cuento, piensan que estoy loco, pero es una de las rutas más bellas que he hecho en coche. El Canal, como organismo vivo, comete esta imprudencia. El codo empieza en Becerril de Campos, a apenas quince kilómetros de nuestro destino en línea recta, que a nosotros nos costará 35. Pero lo barato a veces es caro, y decidimos seguir a la vera del canal, acompañarlo, dejarnos empujar por el viento, hoy fiero como ningún otro día, exponernos al tramo más expuesto y más seco, en donde un conjunto de diez árboles, mecidos por el viento fuerte, me recuerdan una de las imágenes de Cartier Bresson, y me emociona. Como si esa imagen real, detenida al lado de un pueblo casi ausente; Sahagún el Real, escondiera un misterio. Igual que ayer, cuando el viento del Serrón abría y cerraba ventanas de golpe, como un fantasma, asustándonos. El poder del viento y del agua, aglutinados, son poderes mucho más fuertes que los efímeros poderes humanos, y parecen querer mostrarnos las posibilidades de cualquier movimiento en función de su magnitud. Unos pasos te llevan adonde alcanza la vista; muchos miles de pasos te llevan mucho más allá de donde alcanza la vista. En la zozobra de una cierta calima, la torre de san Pedro, de Fuentes de Nava, la Estrella de campos, como el centro de un compás por el que nos movemos, rodeando, demorándonos amorosamente. Convivo mejor con mis males después del masaje reconstituyente de ayer, hecho del mismo material que el veneno que mata las piernas; de movimiento. Pero no sólo por eso. Está es una zona conocida. Mi parte del Canal. De pequeños nos bañábamos (a disgusto, eso sí), al lado del Puente viejo de Fuentes. Estas parvas las he recorrido muchas veces en bici, tanto desde Fuentes hasta paredes, como de Fuentes hasta Abarca. Y cuando el recorrido es conocido, los pasos caminan el doble. Saben por donde pisan, saben hacia dónde van, conocen el destino. ¿Es entonces el cansancio una interpretación? Sin duda, la neurología moderna nos lo enseña. Pero ¿es el espacio que nos queda una interpretación? Al menos la emoción, el sentido de longitud, es como el tiempo; una entidad percibida, independiente de la objetividad de los metros. Con ea emoción, leemos en el Puente nuevo de Fuentes, ese saco de hierros. Y charlando como si tal cosa, vamos acercándonos a la linda silueta de la Iglesia de Abarca (en cada pueblo, por pequeño y abandonado, su Iglesia; una marca del interesado poder de Dios). En esa esclusa terminamos. Luego nos vamos a Fuentes a celebrar los ochenta años de Félix, que está más que juvenil, y a comernos un cordero en Amayuelas. Es una de las recompensas merecidas del guerrero.



día 5. El Agua. 

 Desde Abarca en adelante no hay más que pueblo abandonado, Capillas. Después, veinte largos kilómetros, de nuevo marcados por la rigidez y el dolor, que, esta vez,a diez kilómetros de Medina, encuentra nuevas víctimas; justo debajo del escafoides derecho el dolor es incapacitante, y tengo que parar a vendarme, para salvar los últimos kilómetros. la vereda tiene una bella sombra. Y en la umbría, al levantarme, apenas me puedo mover. la repetición de un único movimiento te prepara para la supervivencia, pero te convierte en un Pinocchio. De nuevo hay que entrar en estado de meditación, imaginar historias inventadas para justificar la carrera, proyectar anclajes en el tiempo y en el espacio, volver a meditar. La cabeza sólo se libera en el último momento, cuando la suerte está echada y el espacio controlado, cuando uno sabe que está en Medina de Rioseco y que ha venido desde Alar del Rey. Cuando correo, cuento mi tiempo en años. Es lo que queda en el silencio de los textos escritos. Lo que no está, lo inefable, es lo verdadero. En estas aproximaciones he tenido que imaginar desde la memoria o entretenerme en imágenes, como recurso para mi incapacidad de contar lo que late detrás de cada pequeño paso hacia delante, que es donde está el sentido final de una cierta inmensidad hecha de ellos; no sólo espacial, sino metafórica, humana. Cuando el cuerpo se libera de lo corporal, corre de forma libre, como si no existiera el cansancio. Así pasan los dos últimos kilómetros, volando.
En Medina hacemos las maletas y nos vamos a Urueña, a conocer a una de las personas que con mayor claridad entienden el sentido del Arte. Alejado de galerías y de butacas académicas, Rafa de los navegantes nos devuelve el hálito del tiempo compartido, a través de su limpia y animosa conversación...