sábado, 21 de agosto de 2010

FUERTEVENTURA. 16 de Agosto



Apéndice gastronómico: hoy probamos un gallo moruno fresco y un bocinegro. El gallo no parece serlo, es fuerte y jugoso, deliciosa carne blanca, el bocinegro es de carne más blanda, más jugosa también, menos musculoso que el rodaballo y que el gallo, parecía darle sombra, a este. Lo comimos por la noche, una vez de haber vuelto de Isla de Lobos. Isla de lobos es como un malpaís insular. Si subes a la Caldera, a esos 127 metros de altitud que allí parecen el Everest, puedes ver como las pequeñas dunas van formando una cordillera de unidades que desaparecen en la calima. Pero puedes ver también Corralejo, con ese gran y absurdo hotel en el medio del parque natural, rodeado de arena y dunas, que también van desapareciendo en la calima. Si te giras, verás Playa blanca, en Lanzarote, y si fuerzas la imaginación, podrás soñar la Graciosa. Allí arriba azota el viento que lo llena todo, esa ventura fuerte que da el nombre, la palabra, el hálito. Abajo, en el malpaís, sólo hay silencio; la cruda soledad del paisaje. Después, en el Puertito, que bien pudo haber construido Maria Antonieta, si hubiera vivido aquí, los pescadores limpian las viejas y los niños juegan, nadan, bucean, o se llenan de champú el pelo. Desde arriba del pedregal, las gaviotas miran de frente al viento, en grupo, como si observaran algo por suceder. Allí mismo, entre las calles a medio hacer, hay un chiringuito que hace unas paellas que de tan amarillas echan para atrás. Y si sigues la senda, llegas a la Caleta, la única playa utilizable de Isla de lobos, donde descubrimos a un gran grupo dormido, nuestra mejor foto del día. Después, el regalo. En el barco de vuelta a Fuerteventura, desde donde vemos los fondos llenos de peces medianos, y algunas mantas (Juanjo promete haber visto tortugas gigantes), nos dan un Ron-Cola de caña vieja. El primer sorbo me emborracha. Subo a cubierta y me dejo mecer por las olas y por el viento, que hacen moverse el ron en mi cerebro de izquierda a derecha. Renuncio a todo y me dejo llevar. Y es eso lo más parecido al gozo. Después vino el pescado blanco. También un modelo de felicidad. Ah!! Y olvidé hablar de Christine Schal!! Fue ella, la de baviera, la que nos vendió los billetes de Ferry.

FUERTEVENTURA. 17 de Agosto

La playa de la mañana, si consigues que el viento no te llene de arena la boca, es un paraíso. Porque el sol te dora el alma, y la lectura te la apacigua, porque el sol te calienta y el agua apaga sus humos. Fue la mañana de terminar a Herzog, de terminar esa “conquista de lo inútil”, de la que estaba loco por empezar a hablar, y que me ha dado la alegria de los días. Después, materia para el apéndice, las croquetas de pescado, el salpicón, y las lapas, de cuerpo duro y carnoso, que no hacen las delicias de Cris y Juanjo, aunque sí las mías. Y luego las “papas arrugás”, claro. A media tarde nos colgamos del acantilado, que va desde la playa del águila a la playa del Esquizo, con la fortuna de esa luz que lo llena todo, pero que, como todas las cosas, también desaparece…

FUERTEVENTURA. 18 de Agosto


Nos pusimos en marcha todo lo pronto de lo que fuimos capaces. Y hay que alabar aquí a los que más le cuestan estos quehaceres. Con el miedo del mito terrible de la pista que lleva a Cofete, mito que traen de otros años Juanjo y Cris, sin saber si podremos llegar al fin de la isla, avistar el finisterre del sur, nos ponemos en marcha. En una gasolinera cercana a Morro jable, que es el espanto de esta isla, no la gasolinera sino Morro jable, producto de la idea que la inmigración inglesa y alemana tienen de lo que significa el sur (idea por otra parte tan alejada de la realidad como el pollo del jamón de jabugo), paramos. Paramos, claro, en la gasolinera. Echamos gasolina (mitad dentro mitad fuera, porque este depósito está roto, de eso no hay duda) y nos tomamos algo. Es como el Farwest; una gasolinera de estación, un lugar en el que no pasa nada, y, donde, sin embargo, podría pasar algo horrible, descabellado. Después tiramos pista arriba, tras pedir permiso para seguir (¡¡¡Pedir permiso para seguir por una pista que lleva a un mirador, porque es privada, bienvenido a Canarias!!! ). Desde arriba nos emocionan dos cosas: la vista de la pista perdida en la calima, y la costa, la playa de Cofete, como una gran linde en el norte, a lo largo de la lengua que queda una vez atravesado el istmo. En aquel mirador, en el que las cabras se entremezclan con las piedras, Cristina llora su vértigo. Ver Cofete desde el cielo nos evita buscarlo desde la tierra, así que nos dirigimos al faro, entre montañas desérticas, y grietas en las paredes. La pista es transitable. Sólo en dos momentos rozamos con los bajos la piedra. Al final, tras atravesar la arena y las “dunillas del pequeño arbusto”, acompañados de un coche con tres bellas italianas, que parecen perseguirnos (lo que hace la literatura) llegamos a nuestro destino: no el faro, sino el lugar donde comeremos el maravilloso caldo de pescado. A saber, está cocinado con cherna y papa canaria. La cherna me recuerda a aquella cherna que conseguí en Catalina, de cuatro kilos, y que llevé, cogida por la cola, mientras atravesaba “la central” con aquella bici sin frenos, así que les cuento la historia a Cristina y a Juanjo. La imagen es linda para mi memoria, pero supongo que la enjundia para un tercero debe ser poca. A ese caldo le añaden, sin duda, comino, y sal, además de menta. El resultado es bueno, aunque no sublime (hoy Juanjo no deja de hablar de lo sublime, desde su mirada de “pintor que toma imágenes”). Con ese caldo hacen un gofio denso, que se come con las capas de cebolla, como si fueran doritos. Al lado, el mejor mojo picón de todos estos días, para echarle a las papas. Salimos de allí con el caldo de pescado haciendo equilibrios con el límite de nuestras laringes. Ahítos, vamos. Fuera, la foto. Una hélice eólica junto con unas caravans fijas, bajo un cielo vivo. Subexpongo sin querer y tomo la foto. Me quedo feliz. Después, en una terraza, bebemos unos cafés que imitan a capuchinos, mientras hablamos de un tema complicado: el amor. La conversación es mucho más concreta, claro. Al final se nos va el tiempo, cuando ya hemos conseguido comprender a nuestros prójimos con más certezas, y el viento se levanta como un monstruo, una bestia. La sombrilla amenaza con volarse, la arena se levanta contra nuestros ojos, el mar brama… Con dificultad llegamos a la puerta del coche, que apenas podemos abrir, y de allí al faro, desde donde vemos el finisterre de Fuerteventura: allí donde acaba la tierra ruge el viento. Volvemos lentamente, atravesando la isla. Cerca de la medianoche hago a esta maravillosa pareja un arroz con pollo y trigueros, y, poco a poco, bajo la noche de lo divino, damos cuenta de una estupenda botella de Tarsus, que se queja, vacía, muy de madrugada…

FUERTEVENTURA. 19 de Agosto


Betancuria, como Celama, como Comala, como Macondo. Un espacio mítico sagrado. Por cierto, he pensado en Rulfo. Creo que en Pedro Páramo hay una enorme verdad que me había sido velada hasta hoy (por no estar despierto, claro): los muertos están en la vida de los vivos, viven en ellos, conviven con ellos. La metáfora es de un acierto infinito en Rulfo. Cuando escribo esto he perdido la intuición primera, el sentimiento de por qué me vino Comala a la cabeza, por qué sentí a los muertos con nosotros. Siento que pudo ser mi abuelo paterno, o Guillermo Vidal, o Marcos. En todo caso fue la metáfora. Pedro Páramo por primera vez para mi como una metáfora. Quizá lo siento en Fuerteventura por el viento, por el color de la tierra yerma, o quizá lo siento porque voy dejando de ser yo para ser lo vivido con los otros. El viento y mi cojeo, como en “¿No oyes ladrar los perros?”. No es que madrugáramos para salir pronto hacia Betancuria, pero el desayuno se nos alargó hasta la una, como un desliz. Betancuria es como la base de un cierto Picasso, aquel de los veinte y treinta, el de las mujeres como piedras, como cárcabas. Es un desierto de montañas redondeadas y agrietadas; agrietadas por el agua, redondeadas por el viento. Un paraíso de luces y sombras. Desde los miradores, desde los tres miradores, compartimos con los cuervos las visiones, las alturas. Compartimos los suelos con las ardillas, y las palabras con esa familia austriaca de Salzburgo, que no para de fotografiar ardillas. Allá arriba nos sentamos, sin que el viento nos pueda, a buscar cuadros para la foto y a comer bocadillos de jamón. Yo me cuelgo del visor, con los pies, y quedo sujeto en el aire por el viento. Juanjo acierta en el disparo y me detiene en el aire, antes de que yo dispare con pocas posibilidades de éxito. Cuando ya Betancuria nos ha llenado, buscamos Aguas verdes como se hacen todas las cosas, por empatía. Juanjo y Cris conocieron el año pasado a una alemana linda, sensible (lloraba cuando hablaron con ella, porque alguien la había hablado mal) que venía a bañarse desnuda a Aguas verdes (si hubiera estado yo…). Así que nos dejamos caer en aquella playa de piedras que no prometía, pero alguien había hablado de unas piscinas naturales que sí prometían. Una familia alemana nos indicó. Trepamos por las piedras, avanzamos por estalactitas de Basalto, y allí estaban, grandes pozas de mar en la piedra. “El sitio más bello para bañarse”. Era una tentación para el cuerpo, así que le evité al bañador el absurdo trabajo de empaparse y secarse, y me metí en aquella poza tal y como Dios me trajo al mundo. Disfrutamos como enanos, bañándonos y experimentando con las posibilidades de la Canon acuática, que nos dio alguna de nuestras mejores fotos. Después volvimos a nuestro Cotillo, a nuestro restaurante de siempre, “el Roque de los Pescadores”, para dar cuenta de una barracuda. La barracuda es un depredador alargado, que se parece en lo físico a los pescados azules, pero que tiene el temple en la mesa de los pescados blancos, con la fuerza de los azules. Una mezcla perfecta, la de esta criatura de los mares, que, a la vera de un rosado, y de los dos inevitables platos de mejillones, nos despidió de nuestro rincón preferido de Fuerteventura.

FUERTEVENTURA. 20 de Agosto

Agotamos la mañana en la playa del Cotillo, justo detrás de los apartamentos, con vistas a esos cuerpos bellos y morenos, mientras caía el último sol de justicia de nuestro verano insular. Después, pasito a pasito, nos dirigimos al aeropuerto, haciendo escala en el peor sitio para comer del mundo (un Burger King lo mejora con creces), en el seno de aqeul aeropuerto. Luego, por los cielos, la vista de Betancuria, del istmo, de Cofete y del faro, me fueron alejando de estos días, como si hubieran sido un sueño.

sábado, 7 de agosto de 2010

Montemor O´Vehlo Coimbra 7 de Agosto 2010



Llegué al desayuno confiado en que podría desayunarme a Herzog. Suponía la plaza de Montemor vacía, como un desierto en vida. Sin embargo, en la terraza, Jose Luis y Amelia ya apuraban sus cafés. Me hicieron un gesto para que me sumara, y la conversación duró hasta que no quedó sombra. Fernando no bajaba y ya empezábamos a achicharrarnos. Llegamos a Coimbra cerca de las 15:00. El reloj lo decía bien claro: 39ºC. Así estuvo hasta las 19:00, todo el tiempo en que duró la visita. Fuimos subiendo por las calles desencastradas en busca de Inés de Castro, que nunca estuvo si es que alguna vez lo estuvo. Esas calles portuguesas enamoran. Tienen lo que otras no tienen: el misterio, y una especie de eco, como si pudieran retumbar desde otro tiempo. Tienen la soledad y el bullicio, albergan del mismo modo la saudade que un adiós definitivo. Son, sin ser. Arriba, la universidad parece, sin embargo, haber muerto. Sus patios externos más bien parecen los grandes espacios alemanes de los treinta. Desde arriba, Coimbra vive. El río, como un hálito. A casi cuarenta grados ni siquiera ese río refresca. Las fuentes nos salvan, con su sonido. Y a última hora, cuando ya el sol abandona, nos zambullimos en Figueira de Foz, a expensas de un agua fría sin condescendencias, antes de darnos al pescadito y a una nueva versión de El Exilio y el Reino. De Coimbra me quedan las calles, los claustros, y estos dos pequeños rincones en los que brilla la luz, abandonados.

sábado, 3 de julio de 2010

Robledano

Me extrañó que Robledano tardara tanto en volver de su paseo con Ágata. Aunque le acababa de conocer, parecía lo suficientemente despierto para no dejarse encerrar por la noche o la montaña. Me preguntaba, en la espera, mientras el marido de Ágata desgastaba el parqué del Hall del hotel, con sus idas y venidas nerviosas, de dónde coño le vendría el sobrenombre de Robledano. Había un cierto misterio, un tabú, rodeando ese nombre. Ágata tenía esas formas que impiden siempre la sospecha; la forma de andar, de decir, de mirar. Una señora. Bien plantada, pero una señora. Me la imaginaba con Robledano camino del bosque y sentía que algo no concordaba. Era como la niebla en la noche. Sin embargo, nada nos permitía dejar volar la imaginación. Álvaro la llamaba sin poder contener los nervios. “Nada, no hay cobertura, sigue apagado”, decía, desinflándose en suspiros. Eran casi las diez menos cuarto. Hacía ya tiempo que hubiéramos debido empezar a cenar. Fuera había dejado de llover.

-Tu puta entrevista-, le dijo entonces Álvaro a López, - tenías que hacerme la puta entrevista…

López sonrió, era hombre de sangre fría, un tío sosegado. Conocía los nervios de Álvaro desde que hacía dieciocho años entraron en una empresa de distribución de bebidas carbonatadas; Álvaro de contable, López de mozo de almacén.
López quería montar la entrevista de Álvaro, grabada en vídeo, como inicio de un documental sobre el futuro de la empresa española, una idea con la que quería empezar una cierta carrera cinematográfica, en la esfera documental, que apaciguara sus inquietudes sociales y artísticas.

- Venga, Álvaro, coño, relájate, que no pasa nada…- le contestó, cariñoso.

Aunque Saint Bertrand de Comminges era un pequeño pueblo abierto, en la Occitania francesa, en el que la Catedral de Notre Dame parece protegerlo todo, los Pirineos por todas partes nos causaban inquietud. Mientras que Álvaro parecía inquietarse porque a Ágata le hubiera pasado algo, López y yo parecíamos pensar con más picardía. Lorena no decía nada. Así estuvimos hasta las diez y media; una inmensidad. En recepción habían llamado ya a la Gendarmerie, y no hacían sino servir a Álvaro unas absurdas infusiones de té de arce.

-Il ne pluie plus, monsieur-, le decían, - il faut tenir la calme.

Ágata y Robledano llegaron cerca de las diez y media, sonrientes. “Se nos hizo tarde y no nos dimos cuenta”, dijo Ágata, como si tal cosa. Robledano no dijo nada. Estaba serio. Álvaro se mordía los labios, y López “le pasaba la mano”, como a él mismo le gustaba decir, para “achicarle la congoja”.

Habíamos hecho el viaje con la única intención de recorrer la Occitania francesa en mountain bike, y no nos prometíamos otra cosa que pistas, caminos estrechos, trialeras pedregosas y embarradas, y unas enormes vistas al Pirineo. Algo idílico, debíamos pensar.
Al día siguiente, antes de bajar a desayunar, después de asomarse por la ventana y ver de nuevo las nubes y esa puñetera lluvia, Álvaro le dijo a López:

- ¿Fue él el que te pidió que me hicieras la entrevista, verdad?
- ¿De qué cojones me estás hablando?,- le contestó López.

Pero no contestó; se quedó en un mutismo cerrado que lo enrarecía todo, y del que, aunque aún no lo sabíamos, no saldría.

- Hoy va a ser día de trialeras, de bosques, de garrapatas. Un día grande, ya vereis, - dijo Lorena.
- Si no lo estropea el barro-, dijo Álvaro, de muy mala gana.
- Venga, Álvaro, el barro es caricia para la piel-, añadí.
- Y coz para el ciego-, cerró él.

Creo que el enfado de Álvaro fue fruto de algún tipo de pensamiento inescrutable. No fue fruto del miedo ni de la rabia, ni siquiera de los celos. Quizá fue la lluvia, pero creo que fue un enfado basado en sí mismo, fruto de una extraña necesidad de enfadarse, de una necesidad de mantenerse de por sí, pero nada más. A pesar de los arrumacos de Ágata, aquello se convirtió en inercia.

- ¡¿Nos quieres contar qué cojones te pasa?!
- Me pasa la estela del ave fénix entre las orejas-, contestó.
- Qué extraño -, susurró López para sí, - la estela del Ave Fénix.

Pero la inercia es la inercia; no se detiene porque sí, no se perdona a sí misma su curso.
No llevábamos ni veinte kilómetros cuando, al salir de una curva estrecha, pedregosa, resbaladiza, vi a Robledano en el suelo; sangraba de forma abundante, y parecía atontado. Estaba embarrado, aún con uno de los pies sin desenganchar de la bici. “¿Estás bien?”, le pregunté. “Creo que sí”, contestó. Me bajé a ayudarle. Enonces apareció Álvaro. Ni siquiera se detuvo. Hizo como si no nos hubiera visto y continuó, pasando de largo. Robledano y yo nos quedamos unos segundos mirando la curva por la que había desaparecido, y, sin decir nada más, le ayudé a levantarse. Al poco llegó López. Entre los dos lo sacamos de allí, a cuestas, hasta un claro. Le limpiamos la herida y le quitamos el barro. Él mismo se levantó. Le vimos caminar sin problemas. No iba a ser nada. Intentó volver a montar y pudo hacerlo. Bajamos poco a poco hasta el pueblo, donde, en una plaza, esperaba Álvaro. López se acercó a él: “¿Tú estás gilipollas o qué?”, le preguntó, de forma violenta. Robledano se quedó atrás. Yo también. Les vi discutir, con dureza, sin escuchar qué decían. Un rato después llegaron Ágata y Lorena: “¿Qué pasa aquí?” preguntó esta última. Pero no supimos decirle.

Lorena tenía el culo respingón y las piernas largas. Tenía los pechos “como ornamento al altar” y un gesto erótico al caminar. Cuando la lluvia incendiaba la tarde, Robledano y Ágata volvían loco a Álvaro, López estudiaba “fundamentos de cine documental”, y yo me quedaba con Lorena, salvando el mundo.

- Si me das tu corazón bajará la luna.
- Si me das tu silencio, te daré el mío.


Y todo el día, mañana tarde y noche, una lluvia incansable lo llenaba todo. Arriba, en el bosque, en la montaña, las nubes bajas, la niebla, el cielo gris, se iba metiendo por todas partes. Nunca un resquicio, un pequeño hueco para ver el sol. Nunca. Nos levantábamos con una lluvia suave, y nos dormíamos oyéndola golpear contra las ventanas. Era como una cantinela, una especie de mantra que hacía al tiempo alargarse. No recordaba ya cuantos días llevábamos allí. Pero ya parecía una eternidad. Y en la eternidad, cada uno busca su oasis. Supe que el mío era banal; acostarme con Lorena. Lo supe cuando empecé a tener sueños eróticos y me sorprendí a mi mismo mirándola el culo, ensimismado. Hacía tiempo que no me acostaba con nadie, la lluvia me amodorraba, era tiempo de quedarse en la cama. López andaba por todas partes, grabando pequeñas escenas con su cámara. Supongo que practicaba algunos principios de lo que leía en su libro sobre cómo hacer documentales.

- Imagínate que estás en la cola del paro, y llevas seis meses sin trabajar, ¿qué dirías?, -le preguntaba a Álvaro.
- Te mandaría a tomar por culo.
- El lógico enfado del trabajador desempleado ante una situación laboral insostenible.
- No te equivoques, López, sería el manotazo al moscón.
- Yo me voy a echar la siesta, - dijo Lorena.
- Me voy contigo, -dije yo.
- Jajaja, tú no vienes conmigo a ninguna parte.
- A la luna, iría, te llevaría a la Luna…

El día siguiente volvió a amanecer lluvioso. Cuando un lunes se parece a un martes, cuando una mañana se parece a la otra, estamos perdidos. La memoria es ya incapaz de recordar un rastro, una vereda, un acontecimiento anterior a otro, ni la duración de nada.

- ¿Cuánto lleva Álvaro enfadado?
- Una eternidad -, me contestó - creo que toda la vida.
- ¿Y cuánto tardará Lorena en entregarse?
- Otra eternidad, no te engañes.

Las lluvias, el viento, y esta extraña primavera lo habían destrozado todo. Ante nosotros, el camino desaparecía, ocupado por árboles caídos, por ramas difícilmente franqueables, por charcos o barrizales que nos empapaban hasta las rodillas, convirtiendo los charcos en ríos y los barrizales en arenas movedizas. De repente, la alegría del descenso lo envolvía todo, resbalando sobre las piedras, apurando las frenadas en barros resbaladizos, atravesando chicanes de agua y rezando sobre las raíces. Volvíamos a ser, a sentirnos llenos. La adrenalina del riesgo, el descubrimiento de otra belleza, escondidos en las sombras del bosque, y la certeza de haber salido indemnes, agitaba más la respiración que el esfuerzo de brazos y piernas por mantener el equilibrio. Incluso Álvaro parecía olvidarse de sí mismo.

- Wow!!!, -dejaba escapar, sin darse cuenta.

Mientras, con mucha más prudencia, Robledano y Ágata bajaban andando. Él la ayudaba a bajar por tramos que andando parecían más difíciles que con la bici. Lorena disfrutaba de su nueva “full suspension bike”, cuyos rebotes dejaban volar mi imaginación, mirándola, y Álvaro recuperaba su rostro cenizo cuando, por fin, llegaban Ágata y Robledano, lentamente, y aparecían por entre la niebla, caminando y conversando sobre la senda.

- Esto está para un documental sobre el tiempo en España, para “guiris”.
- Pues más bien parece una montería -, añadió, agriamente, Álvaro.
- ¡¡perdices y conejos!! -, dejé escapar, ingenuamente.

El hotel estaba en lo alto de una colina. Está vez, excepto a Ágata y Álvaro, nos habían dado habitaciones individuales. Me quedé toda la tarde leyendo a Nabokov. “Es un regalo de la lluvia”, recuerdo que pensé. Por segunda vez me dejaba mecer por Ada, por Van, y por esa pequeña Lucette, criatura encantadora a la que al final se llevaría el mar. Sin embargo, el erotismo de la narración me tenía inquieto, me hacía removerme intranquilo sobre las sábanas. Decidí bajar al gimnasio a hacer algunos estiramientos y a correr un poco, sobre la cinta. Allí estaba Álvaro, haciendo lo mismo.

- ¿Cómo va eso, artista?-, pregunté.
- Enfangado en cataratas de mierda. – contestó.
- ¿Cómo así? -, pregunté, de coña.
- Bah, déjalo, si pudiera te lo contaría.

Sentí que dudaba, que algo le empujaba a contarme algo, y que, sin embargo, algo le impedía hacerlo. Quise cambiar rápidamente de tema, pero creo que no acerté a hacerlo.

- ¿Por qué llaman a Robledano Robledano?-, pregunté.
- Es una oscura leyenda que se dejó de contar hace muchos años.
- Joder, Álvaro -, dije, -me recuerdas a “Bodas de sangre” o a “Mariana Pineda”.
- Así son las cosas en los pueblos, no cambian con los tiempos.
- No como nosotros -, añadí, - que nos acartonamos con las lluvias o los soles.

Al salir, encontré a López, entretenido con su grabación, fingiendo que entrevistaba a los dueños del hotel. De repente se volvió a nosotros, se acercó corriendo, gritando “¡¡aquí están, aquí están!!”

- Díganos, señor presidente, -dijo, dirigiéndose a mi, -¿aprobarán la reforma laboral?
- Eso depende de la oposición -, contesté con seriedad, señalando a Álvaro.
López se acercó a él, haciendo un gesto como de ofrecerle el micrófono.
- Jamás -, dijo, - jamás aceptaremos una reforma laboral que no tiene en cuenta a los trabjadores.
- ¿Qué cambiaría, entonces? -, se animó López.
- Prohibiría la caza de conejos y encerraría a los asesinos. Por ahora es lo que puedo decir. Eso es todo.

Lo dijo de mala gana y subió a su habitación, dónde no encontró a Ágata. Salió al pasillo, se asomó por la escalera, y al vernos, preguntó por ella.

- López, ¿has visto a Ágata?
- Salió, dijo que iba a cogerte flores.

Miré a López con una media sonrisa, antes de subir a la habitación. No tenía ganas de seguir leyendo, así que pregunté a López, con picardía, si sabía si Lorena estaba en la habitación.

- No -, dijo, -salió con Ágata a cogerte flores.
- Lo suponía-, le dije, sonriendo.

El valle se extendía mucho mas alla de la vista. Más allá de la niebla podíamos imaginar una belleza invisible. Los pinos se amontonaban de forma ordenada, como si subieran hacia la cima. Entre ellos, el prado, ese espacio de soledad y de sencillez, ponía el contrapunto. El espacio de reposo, el aire. Como si el paisaje tuviera alguna necesidad de respirar. Y entre ellos, jugueteando con las luces y las sombras (más con las sombras que con las luces); el color. Incapaz de achicarse, de reducirse, de quedarse en la nada de la simplicidad de tres o cuatro colores repetitivos. Eran como una constante mutación, como el deseo de la luz de ser inasible. Por allí pasábamos, en fila, de uno en uno, ensimismados con nosotros mismos, en mayor o menor grado ajenos a tanta belleza. Hasta que, arriba, en la puerta del gran bosque, decidimos internarnos en él. Flotábamos por entre las hojas ocres caídas durante el invierno, flotábamos sobre los barros, sobre las ramas resbaladizas, hasta que el bosque del oso se fue haciendo espeso. Bajaba la niebla y los charcos se iban acercando, ampliando, embarrando. Los árboles caídos y las dificultades nos hablaban. Así que nos detuvimos. Había que decidir. Álvaro estaba detrás, en silencio. López se preguntaba qué hacer, y Robledano y Ágata se daban el espacio necesario. Lorena se quedó a mi lado. La miré inquisitivo, pero no obtuve respuesta. Había un silencio que nadie quería romper.

- Yo sigo -, dije, - ¿viene alguien?

Lorena bajó la vista. Álvaro dio dos pasos adelante, pero su enfado le impidió hablar. No vendría. Nadie más dijo nada.

- Nos vemos en el hotel -, dije, y continué.

Cuando atravesé el río, con la bici a cuestas, y el agua hasta la rodilla, pensé que quizá merecía la pena. Pero al llegar arriba, el barro me hizo resbalar. Caí rodando hasta chocar con un árbol. No tenía nada. A duras penas conseguí continuar, sin enfrentar la pendiente. Si el bosque me obligaba a bajar, bajaría. Volví a resbalar. Miré hacia arriba y vi a los árboles, ordenados, como mirándome. Y a la niebla, que iba bajando, inapelable. Sentía frío, en el interior del bosque. Pero lo que más me conmovió fue el silencio. Un silencio inquebrantable. Un espacio inamovible. Me vi desde fuera y continúe la secuencia. Supe que moriría. Que no hace falta la acción para atrapar a la víctima. La gran lección de la vida. La espera, la inacción. El bosque es un ente vivo; un ser. Dispone sus propias líneas para obtener sus nutrientes, para continuar y mantener su ciclo. Pero no se mueve, no da el primer paso. Espera a que tú mismo te equivoques, espera a que tú te enredes, a que no reconozcas las trampas, a que los nervios equivoquen tus pasos. La niebla, la noche, y el frío, harán el resto. Pero no, no iba a morir. Ni siquiera me devorarían los osos. Estaba allí para verlo, para disfrutar, para encontrar la senda que se escondía detrás de los árboles, detrás las sombras, más allá del sonido de los cencerros. Y así sucedió, los cencerros se fueron oyendo con nitidez, y cuando atravesé aquel prado, entre las vacas, supe que estaba en la senda que me llevaría al hotel, desde la altura hasta el valle.

- Bello -, dije al llegar.
- La locura es la belleza de la cordura. Pero está justo antes de la muerte -, dijo Álvaro.
- Necesito una ducha -, contesté.

Fuera seguía lloviendo. Yo me revolvía nervioso, de la silla a la mesilla, de la ventana al cuarto de baño. Salí fuera. El pasillo estaba silencioso, como siempre a media tarde. Toqué silencioso la puerta de la habitación de Lorena, a medias, sin querer molestar. No hubo respuesta. Esperé, y volví a intentarlo. Pero volví a no obtener respuesta. Bajé al Hall, a leer los periódicos del día. Bazofia. Me asomé a la calle. Seguía lloviendo. “Mèrde”, me dije, bromeando conmigo mismo. Volví a entrar. Me quedé medio dormido viendo la tele. Había fútbol. Me despertaron los pasos de López, bajando hacia el Hall.

- ¿No sabrás dónde está Lorena?-, le pregunté, directamente.
- Fueron al pueblo. Estarán tomando café en algún sitio.
- Voy a buscarles-, dije, -estoy aburrido.
- Yo me quedo, quiero pensar unas tomas.

Me asomé a la puerta sin la intención de salir. Algo inexplicable me inquietaba. Volví a entrar, cuando sentí que López ya se habría ido. Subí rápido y silencioso hasta el pasillo, y, apostado en una esquina, lo vi. Estaba apoyando el oído en la puerta de la habitación de Lorena, golpeando suavemente con los nudillos. La puerta se abrió. Lorena se asomó, miró a todos lados, y le dijo, en un susurro: “pasa”. López entró y la puerta se cerró tras de sí. Bajé de nuevo y salí a la calle. Había dejado de llover.
Por la noche, en la cena, todo fue como siempre. Un Álvaro enfadado y los demás desplegando nuestra banalidad. Al día siguiente volvió, de nuevo, la lluvia. Recorrimos los caminos entre regueros y arroyos nuevos que me recordaban cómo crea el cuerpo vasos nuevos, vías nuevas. Sin grandes dificultades llegamos al hotel. Aquella tarde volví a Nobokov, y, tras la cena, me quedé dormido en la escena en la que Van vuelve a encontrar a Córdula de Prey, ya señora de Tobakoff. Por la mañana volví a Madrid, preguntándome con frecuencia de dónde vendría el nombre de Robledano. Supe que a Álvaro se le pasó el enfado; unos días después. Me lo contó López, un miércoles. De Lorena no supe hasta el Otoño.